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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 87

La mirada de Amaya se volvió gélida y le gritó con furia:

—Diego, ¿otra vez planeas tomarme a la fuerza?

Diego entrecerró los ojos con la respiración entrecortada, mirándola fijamente a tan corta distancia.

A diferencia de lo demacrada que se veía hace poco, ahora su piel lucía visiblemente más fresca e hidratada.

Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y el cabello un poco más largo que antes; Había dejado atrás ese aspecto descuidado para volverse mucho más delicada... En resumen, estaba preciosa.

Ella era del tipo de mujer que pasaba desapercibida sin arreglarse, pero que con el mínimo esfuerzo podía volver loco a cualquiera. Era como un diamante en bruto: bastaba con pulirlo un poco para que deslumbrara con todo su esplendor.

Los ojos de Diego ardían de deseo:

—¿No se puede? ¿Acaso... no tienes ganas?

Él estaba seguro de que sí.

Cuando las mujeres dicen que no, suelen mentir. Pensaba que si un hombre era rudo y sabía seducir, la mujer terminaría cediendo tarde o temprano.

La mirada de Amaya se volvió cortante como una navaja, dobló la pierna y le soltó una tremenda patada directo a la entrepierna.

Su movimiento fue tan rápido y certero que Diego no tuvo forma de esquivarlo y recibió el golpe de lleno.

Retrocedió por mero reflejo, apretando los dientes y emitiendo un sonido ronco, con el rostro completamente torcido por el dolor.

Amaya se sentó rápido en la cama, mirándolo con furia y le advirtió entre dientes:

—Diego, te lo advierto, si vuelves a intentar esa tontería conmigo, llamo a la policía.

El silencio volvió a adueñarse de la habitación.

A Diego le tomó un buen rato recuperarse del dolor agudo que le atravesó el cuerpo antes de poder respirar con normalidad.

Amaya ya no tenía intenciones de seguir hablando con él. Se levantó y caminó directo hacia la puerta.

Diego la agarró del brazo:

—Espera, vamos a platicar.

Amaya le lanzó una mirada llena de frialdad: —¿De qué quieres platicar? ¿De nuestro divorcio?

—¿Qué demonios estás haciendo? ¿Acaso piensas tenerme secuestrada aquí?

Diego atrapó la bolsa en el aire, la dejó suavemente sobre la mesa del recibidor y la miró con absoluta seriedad:

—Ya que no quieres entender por las buenas, tendré que tomar medidas drásticas. No voy a permitir que sigas con este berrinche.

Amaya se rio con amargura, mientras sus ojos se enfriaban de golpe:

—¿De verdad crees que tus medidas drásticas van a funcionar conmigo?

Diego mantuvo su semblante frío, recuperando en un instante esa actitud prepotente de siempre:

—Te doy dos opciones: o me dices dónde están mi hija y Marta para traerlas de vuelta y que vivamos en paz como la familia que somos...

Hizo una breve pausa.

—O te quedas encerrada en Villa Jardín del Edén y no sales a ninguna parte.

Amaya estaba tan furiosa que agarró el jarrón del recibidor, lista para estrellárselo en la cabeza.

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