La pesada estructura de metal del paraguas iba directo hacia la espalda de Vera.
Los ojos de Valeria estaban inyectados en sangre. Su rostro, cubierto por un maquillaje excesivo, se había desfigurado por completo a causa de la rabia irracional.
Toda la humillación que había soportado en la construcción esa mañana, la paralización de su proyecto, el estrés por el dinero sucio y los celos enfermizos que le carcomían el alma... todo explotó en ese preciso instante.
Para ella, Diego la había traicionado desde su misma noche de bodas, defendiendo a sus enemigos a capa y espada.
Y ahora, en pleno día, se escondía en su oficina para abrazar y consolar a la misma mujer por la que siempre había sentido debilidad. Era una bofetada directa a su dignidad como su esposa legítima.
—¡Eres una maldita descarada, Vera Ramos!
El grito estridente resonó por toda la oficina, casi rompiendo los tímpanos de los presentes.
Vera ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Solo sintió la violenta ráfaga de aire acercándose a su espalda. Aterrorizada, se paralizó y cerró los ojos por instinto.
Pero los ojos de Diego se volvieron de hielo. Con un movimiento rápido y brusco de su brazo, jaló a Vera y la ocultó detrás de su cuerpo.
Un segundo después, el pesado paraguas se estrelló con fuerza bruta contra la espalda de Diego.
El golpe sonó seco y contundente, adormeciendo al instante el hombro del hombre.
Vera, temblando como una hoja, se aferró a la camisa de Diego, incapaz de abrir los ojos.
Los puños de Diego se cerraron con tanta fuerza a sus costados que los nudillos se le pusieron blancos. La temperatura de la habitación pareció caer bajo cero.
Lentamente, levantó la mirada hacia Valeria, quien parecía poseída por la locura. En sus ojos ya no quedaba ni un rastro de emoción, solo un desprecio absoluto.
—Valeria, ¿ya terminaste tu espectáculo?
Su voz era baja, cortante, impregnada de un autocontrol llevado al límite.
Al ver que había fallado el golpe y que Diego seguía protegiendo a la otra mujer con su propio cuerpo, los últimos restos de cordura de Valeria se esfumaron en las llamas de los celos.
Apretó los dientes, aferrando el paraguas con fuerza, mientras soltaba una carcajada histérica.

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