Y es que, francamente, era un tema sumamente vergonzoso.
Sin embargo, ahora comprendía que, si no lo soltaba todo y aclaraba las cosas con Amaya y Romeo, su vida quedaría sumida en la soledad más absoluta.
Después de tantas tragedias, al fin se le había caído la venda de los ojos.
Se había dado cuenta de que nadie en su familia era de fiar: ni su madre, ni sus hermanas, ni siquiera su padre. Por no hablar de Valeria Zaldívar, que era una verdadera plaga. Irónicamente, aquellos a quienes consideraba sus enemigos, Amaya y Romeo, resultaron ser las únicas personas en las que podía confiar.
Conocía a Romeo desde que eran niños; habían sido amigos durante muchos años, así que no dudaba de su integridad.
En cuanto a Amaya, no solo habían trabajado juntos, sino que habían estado casados y compartían una hija. Sabía perfectamente que si ella hubiera querido destruirlo de verdad, él no tendría ninguna oportunidad de levantarse, pero ella siempre le había dejado una salida.
Atormentado por sus pensamientos, Diego se sirvió otro trago de licor fuerte al terminar el primero.
Romeo y Amaya notaron que el tema le costaba muchísimo, así que guardaron silencio, dejándolo beber mientras esperaban a que encontrara las palabras.
Tras beberse el tercer vaso entero, Diego tomó aire profundamente, levantó la mirada y fijó sus ojos en Amaya:
—La verdad es... que Vera es mi hermana biológica.
¡Silencio absoluto!
Al escuchar esa frase, Amaya sintió como si le hubieran dado un golpe directo al estómago.
Miró a Diego con incredulidad. El impacto fue tan fuerte que se levantó de la silla de golpe, casi tropezando en el proceso.
Romeo la sujetó rápidamente por el brazo. A diferencia de ella, él mantenía una expresión mucho más serena:
—Tranquila, Ami. Dejemos que Diego termine de hablar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta