Julio señaló hacia la esquina del techo, dejando las cosas claras.
Diego clavó una mirada fulminante en Valeria; con solo ver su expresión, ya sabía exactamente la clase de veneno que había escupido.
Pero en ese momento, lo urgente era su padre, que lucía en un estado crítico sobre el sofá.
Diego apartó bruscamente a la secretaria Alba, metió la mano en el bolsillo interior del saco de su padre y sacó un pequeño frasco. Extrajo dos pastillas de emergencia para el corazón y se las metió a Rubén en la boca.
Al ver el frasco, Alba palideció.
—Diego... esas pastillas... no se las puedes dar —balbuceó.
Diego frunció el ceño.
—¿Por qué no? Mi papá sufre del corazón, siempre toma esto.
Alba se puso de mil colores y, tragando saliva, murmuró avergonzada.
—Es... es que él me dijo que... que son para la potencia masculina.
El rostro de la mujer ardió en vergüenza al confesar la verdad.
Diego sintió que le zumbaban los oídos. Miró a Alba, luego miró a su padre desmayado, sintiendo una repugnancia indescriptible.
Al pensar en todas las asquerosidades que su padre y esa secretaria hacían a escondidas, la náusea lo invadió. Lleno de rabia, tiró el frasco de pastillas al bote de basura.
Se giró hacia Alba con los ojos inyectados en sangre.
—¿Me estás diciendo que llevas tantos años enredada con mi padre y ni siquiera sabías que está enfermo del corazón?
—¿Así que cada vez que tenía dolor de pecho y necesitaba su medicina, te mentía diciendo que era para...?
Diego no quiso ni terminar la frase. Cuanto más lo pensaba, más grotesco e irónico le parecía todo.
¿Qué pecado tan terrible había cometido en su vida para acabar con unos padres tan patéticos?
Una madre que ocultaba una hija ilegítima y lo obligaba a pagar los platos rotos.

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