Amaya recordó a aquella versión suya tan histérica del pasado y se sintió un poco abrumada:
—El entorno moldea a las personas. Antes, me enojaba y me alteraba con facilidad. Ahora, casi ni recuerdo cómo se sentía eso.
Romeo sonrió levemente y la atrajo hacia su pecho:
—Cuando uno es feliz, es muy fácil olvidar el pasado.
—Es un honor para mí ser el responsable de esa felicidad.
Ambos entrelazaron sus dedos instintivamente. En el momento en que Amaya levantó la mirada, Romeo inclinó la cabeza.
Cuando sus miradas se cruzaron, una profunda ternura fluyó entre ellos.
Al segundo siguiente, sus labios se encontraron de forma natural.
Pero habían olvidado cerrar la puerta de la habitación.
Justo en ese momento, la pequeña Reni, que apenas había aprendido a caminar, entró tambaleándose al dormitorio.
Reni presenció justo la escena en la que Romeo y Amaya se estaban besando.
La pequeñita de poco más de un año se cubrió la boquita de inmediato y soltó una risita cómplice, señalándolos con su dedito:
—Papi, mami, qué vergüenza...
Beatriz y Marta venían caminando justo detrás de Reni. Al escuchar las adorables palabras de la niña, ambas no pudieron evitar soltar una carcajada.
Las mejillas de Amaya se encendieron de golpe, y por instinto quiso levantarse para cargar a Reni.
Sin embargo, Romeo se le adelantó, levantó a Reni del suelo y le dijo con una gran sonrisa:
—Reni, ¿quién te enseñó a decir eso?
—¡Nuestra Reni es muy inteligente, cada vez dice más palabras!
A Reni le encantaba Romeo, así que instintivamente le rodeó el cuello con sus bracitos, sonriendo tanto que sus enormes ojos se convirtieron en dos medias lunas.
Marta, riendo, se unió a la conversación:
—Reni es listísima. Mejora su lenguaje todos los días y pronuncia muy claro. De verdad, es la niña más inteligente que he visto.
Beatriz sonrió de oreja a oreja:


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