Al ver el coctel, los ojos del hombre se iluminaron y se preparó para tomarlo.
Sin embargo, al segundo siguiente, vio a Amaya parada frente a él con una expresión feroz. Ella tomó el vaso y le arrojó la bebida directo a la cara sin piedad.
El líquido, junto con los cubos de hielo, le salpicó todo el rostro.
La imagen que él tenía de Amaya seguía siendo la de aquella niña pequeña. Ni por un segundo imaginó que esa era su hija ya crecida. Enfurecido, se levantó de un salto, la señaló con el dedo y gritó a todo pulmón:
—¡¿Quién te crees que eres?! ¡¿Cómo te atreves a tirarme bebida en la cara?!
—¡¿Sabes con quién estás hablando?! ¡Soy el esposo de Beatriz Ibarra! ¡Es decir, el dueño de este lugar!
—¡Exijo que te disculpes ahora mismo! O si no...
Al escuchar esas palabras, Amaya sintió que las venas de las sienes le latían con fuerza por tanta desfachatez.
No pudo evitar interrumpirlo con voz gélida:
—¿O si no qué, viejo miserable?
—¡¿Con qué cara te atreves a decir que eres el esposo de Beatriz?! Abandonaste a tu esposa y a tu hija durante años, ¡y hasta vendiste a tu único hijo! ¿Acaso no sientes ni una gota de vergüenza?
—Gente como tú no debería tener el descaro de seguir respirando. Si yo fuera tú, ¡ya me habría tirado al mar!
A Amaya le dolía el pecho de la rabia. Instintivamente se llevó una mano al corazón, sintiendo una fuerte presión.
Javier, quien planeaba usar su autoridad al ver lo lujoso que era el lugar, se quedó helado ante los gritos de esa mujer hermosa y de semblante imponente.
Fue entonces cuando se tranquilizó y observó detalladamente el rostro de Amaya.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta