Después de decir esas palabras, Gabriela se dio la vuelta y caminó directamente hacia la puerta de salida. No tenía intenciones de desperdiciar ni una sola sílaba más en Enzo Jara.
A partir de ese instante, se liberaba para siempre de las cadenas de ser "la esposa de Enzo".
Esa era la verdadera sensación de renacer.
Durante años había creído ciegamente que su destino era estar atada a él y a esa casa. Pero ahora, sentía un inmenso agradecimiento hacia aquella humillante ceremonia de bodas, porque fue el golpe que necesitó para despertar de su ilusión.
Le enseñó que, en esta vida, la única persona en la que realmente podía confiar era ella misma.
Ya no necesitaba mendigar el amor de nadie, ni buscar su propio valor en la aprobación de los demás.
Ella era valiosa por sí misma.
Mientras se acercaba a las puertas de cristal y veía el brillante mundo exterior frente a ella, Gabriela respiró hondo y dejó escapar una sonrisa deslumbrante.
Enzo se quedó clavado en el piso, observando su figura alejarse.
La última frase que ella le había lanzado lo dejó descolocado. La furia hirviente que sentía hace un segundo fue reemplazada de golpe por un pánico inexplicable.
Sintió como si, en el fondo de su pecho, le hubieran arrancado algo vital.
¿Qué había querido decir con eso?
Sintió la urgencia de correr tras ella y exigirle una respuesta. ¿A qué se refería con "por fin no tendré que volver a tener nada que ver contigo"?
—Profesor, los líderes del instituto deben estar por llegar. Tenemos que estar listos para recibirlos.
La voz suave de Jimena actuó como un ancla, deteniendo el impulso de Enzo de salir corriendo a la calle.
Tenía razón. El futuro de la empresa era lo más importante ahora mismo.

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