Gabriela miró a Lorenzo directamente a los ojos y habló con serenidad.
—Lorenzo, estos últimos días estuve revisando los archivos del instituto y me di cuenta de que hay muchísimas empresas, tanto nacionales como internacionales, desesperadas por colaborar con el laboratorio cuántico. Para ser justos y transparentes, creo que lo más correcto es abrir una licitación pública para decidir quién se queda con el proyecto.
Habitualmente, el instituto manejaba dos tipos de acuerdos: asociaciones directas o licitaciones públicas.
La intención original de Lorenzo era cerrar un trato directo con Tecnologías Heraldo.
Primero, porque era una empresa nacional líder en su sector, por lo que el instituto no enfrentaría críticas si rechazaba a compañías extranjeras.
Y segundo, porque sabía perfectamente que Tecnologías Heraldo estaba contra las cuerdas debido a la falta de componentes para sus giroscopios cuánticos. Sin esa tecnología, la empresa podría irse a la quiebra.
Como un hombre que admiraba el talento técnico, Lorenzo quería lanzarles un salvavidas.
—Gabi, ¿puedo preguntarte qué te hizo cambiar de opinión tan de repente? —preguntó Lorenzo, conocedor de la integridad de su colega. Sabía que Gabriela no echaría para atrás un trato a menos que hubiera ocurrido algo gravísimo que cruzara sus límites.
Gabriela lo meditó un segundo, pero decidió que no tenía sentido ocultarle la verdad.
—Lorenzo, ¿recuerdas que le pedí un favor al profesor Aranda para agilizar mis trámites de divorcio?
Lorenzo asintió. Había estado tan sumergido en el trabajo que apenas había tenido tiempo de visitar a su viejo maestro. El anciano le había mencionado el divorcio de pasada, pero no dio detalles y él tampoco quiso entrometerse.
Sin embargo, en su mente, cualquier hombre que lograra empujar a Gabriela a saltarse las reglas para divorciarse de urgencia, definitivamente era una basura.
—Lo recuerdo. ¿Tiene algo que ver con lo que acaba de pasar ahí adentro?
—Todo —afirmó Gabriela—. El dueño de esa empresa, Enzo Jara, es mi exesposo.
Don Antonio Aranda ya le había confirmado que los papeles estaban listos. Ante la ley, Enzo ya no era nada suyo; por fin podía llamarlo «exesposo».

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