Jimena Sosa miró el acta de divorcio y la tomó con las manos temblorosas. Era imposible descifrar qué estaba pasando por su mente.
—Por favor, asegúrate de entregárselo en sus propias manos. Gracias —dijo Gabriela, dándose la media vuelta para marcharse. Sentía una ligereza sin precedentes en el pecho, aunque, tras el alivio, asomó una leve punzada de melancolía.
Así de simple. Había puesto fin a siete años de matrimonio.
Había dejado para siempre el hogar en el que vivió durante siete años.
Pensó que, de todas las personas en el mundo, Jimena era la más interesada en que ese divorcio sucediera. Por lo tanto, no había duda de que le entregaría los papeles a Enzo.
Al salir del jardín de la residencia, Gabriela se quedó esperando el auto que acababa de pedir por una aplicación.
Pero antes de que llegara el vehículo, apareció Yolanda, caminando con dificultad, cargada de bolsas del supermercado.
Al ver a Gabriela parada junto a la entrada, los ojos de la mujer se iluminaron.
—¡Señora, volvió!
Yolanda creyó genuinamente que Gabriela regresaba a casa para quedarse. Emocionada, se acercó casi corriendo, ignorando el peso de las bolsas.
—¿Qué hace aquí afuera? ¡Venga, entremos!
Desde que Gabriela se había ido de la casa, el trabajo de Yolanda se había convertido en un infierno.
No solo tenía que madrugar para preparar el desayuno, sino que debía llevar y recoger a Mateo de la escuela a horas exactas. En el poco tiempo libre que le quedaba, corría a comprar víveres para luego regresar a preparar la cena. Prácticamente no paraba en todo el día.
Cuando Gabriela vivía ahí, Yolanda solo se preocupaba por el almuerzo y la cena. Además, al mediodía solo comían ella y Gabriela, por lo que el trabajo era mínimo. En las cenas, Gabriela siempre le ayudaba en la cocina. Antes tenía mucho tiempo libre para sus cosas.
Pero ahora, con esta rutina extenuante, no tenía un solo segundo para ella misma.
La señorita Jimena era muy amable y todo, pero siempre estaba "demasiado ocupada" como para ayudarla con algo.

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