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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 113

Jimena levantó la mirada y observó a Enzo fijamente, con los ojos muy abiertos.

Él avanzó unos pasos, pero al notar que Jimena no respondía a ninguna de sus preguntas, se detuvo y la miró.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no me contestas? ¿Dónde está Gabriela?

Los ojos de Jimena brillaron un instante. Con un movimiento sutil, volvió a empujar el acta de divorcio, que ya asomaba por el bolsillo de su ropa, hacia el fondo.

—La señora vino a entregar algo y luego se fue.

No mencionó en absoluto el acta de divorcio.

Enzo no sospechó nada, solo frunció el ceño con irritación.

—¿A entregar algo? ¿Qué cosa?

Jimena sonrió con dulzura y negó con la cabeza.

—No lo sé. Es un asunto privado de la señora, así que no le pregunté ni me quedé mirando.

Enzo asintió, dispuesto a sacar su teléfono para preguntarle a Gabriela qué demonios había ido a dejar. Pero entonces, Jimena volvió a hablar, esta vez con un tono cargado de tristeza.

—Yo creo que, en realidad, la señora vino con la excusa de entregar algo solo porque quería verlo a usted, profesor. Seguro le dio pena admitirlo y por eso inventó lo de la entrega. Si no, no habría preguntado si usted estaba en casa nada más poner un pie en la entrada.

Al escuchar esto, Enzo detuvo el movimiento de su mano y no marcó el número.

Le pareció que las palabras de Jimena tenían todo el sentido del mundo. De lo contrario, no imaginaba qué asunto tan urgente requeriría que Gabriela fuera personalmente a dejar algo a esas horas de la noche.

Esa mujer seguía siendo igual de manipuladora y dramática.

¡Le faltaba sinceridad!

Mientras analizaba las expresiones de Enzo, Jimena continuó con su actuación.

—Desde el principio le dije que usted no estaba en casa, que la empresa atraviesa un momento crítico y que usted está sometido a mucho estrés. Pero la señora no me creyó. Me tiene tanto rencor que seguro pensó que le estaba mintiendo para evitar que se vieran. Cuando por fin comprobó que usted de verdad no estaba, no le quedó más remedio que decir que había venido a dejar algo.

Para Enzo, esa explicación sonaba completamente lógica y justificada.

—¡Esta Gabriela...! —murmuró, ya sin saber cómo lidiar con ella.

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