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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 128

Tras cambiarse de ropa, Gabriela llegó al restaurante francés en menos de treinta minutos, tal como Rocco había exigido.

Como era de esperarse, el lugar estaba vacío, a excepción del hombre que la había citado.

Un camarero la guió hasta la mesa de Rocco, donde tomó asiento frente a él.

Damián, con gran astucia, se había quedado haciendo guardia en la puerta del restaurante para evitar que Clara, el mal tercio, intentara colarse.

Esa noche, Rocco vestía un traje a medida de corte impecable. Los diamantes de los gemelos y el prendedor del cuello brillaban con intensidad, resaltando aún más la sofisticación y el porte aristocrático del hombre.

—Sirvan la cena —ordenó al personal.

En pocos minutos, llegaron los aperitivos. Gabriela se levantó de su silla y, bajo la mirada desconcertada de Rocco, se acercó a él. Tomó la servilleta de tela de la mesa y, cual camarera, la extendió cuidadosamente sobre el regazo del hombre.

—¿Qué estás haciendo? —inquirió Rocco con voz gélida, oscureciendo la mirada.

Gabriela no dijo una palabra. Al terminar con la servilleta, tomó la botella y comenzó a servirle vino tinto.

El camarero, al ver que le habían arrebatado su labor, se quedó paralizado en su sitio, sin saber cómo reaccionar.

—Gabriela, ¿qué diablos haces? —Rocco alzó la voz, perdiendo la paciencia—. ¡Te cité para cenar, no para que hicieras de sirvienta!

—¿Ah, sí? —Gabriela detuvo lo que estaba haciendo y lo miró con burla—. Creí que había dicho, señor Salinas, que servirle a usted también era parte de mi deuda.

Rocco se quedó helado, su pecho subía y bajaba agitadamente, delatando su furia.

Desde la puerta, Damián ni siquiera se atrevía a respirar.

*Solo la señorita Gabriela era capaz de llevar al jefe a ese nivel de exasperación.*

Gabriela dejó la botella en la mesa y regresó a su asiento. Sin prestarle la más mínima atención a los exquisitos aperitivos, sentenció:

—¿Ya ha sido suficiente, señor Salinas? Dígame, ¿cómo más planea humillarme? Termine de una vez, lo haré todo y luego quedaremos a mano.

—¿Que yo te estoy humillando? —Rocco soltó una carcajada cargada de rabia. Tomó la copa de vino que Gabriela apenas había servido hasta la mitad, se la bebió de un trago y la estrelló contra la mesa—. Gabriela, ¿acaso perdiste la cabeza? ¿De verdad crees que intento humillarte?

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