Jimena vio a Gabriela alejarse y luego miró a Enzo, que seguía firme a su lado. Todo rastro de pánico desapareció de su pecho y su sonrisa regresó.
—¡Vamos todos a bordo, o nos perderemos el atardecer! Les prometo que revisé a fondo los datos meteorológicos, no habrá ningún problema. ¡Hoy vamos a divertirnos y a disfrutar al máximo!
—¡Excelente! ¡Todos a bordo! —ordenó Enzo, con una sonrisa.
El hombre de gafas fue el primero en correr hacia el yate. El resto de los empleados lo siguieron, desbordando entusiasmo.
*Era verdad, el día estaba radiante. Tal vez el viento estuviera un poco revuelto, pero eso no era nada del otro mundo.*
*¡Si la señorita Sosa decía que todo estaba bien, entonces seguro que así era!*
El personal del muelle respiró aliviado. Últimamente el resort no tenía mucha afluencia, y mucho menos el puerto. No estaban dispuestos a dejar ir un cliente tan rentable como ese.
Jimena y Enzo fueron los últimos en embarcar.
El rostro de la joven rebosaba de felicidad. Al ver que Enzo caminaba despacio, se adelantó riendo y le tomó la mano con confianza.
—¡Dese prisa, profesor! ¡Todos nos están esperando!
Contagiado por su radiante sonrisa, Enzo no pudo evitar sonreír también, dejándose llevar de la mano hacia el yate.
Observando a la vibrante Jimena, Enzo pensó irremediablemente en Gabriela.
Esa mujer tan estúpida. Sus celos y pequeñeces eran una cosa, pero que se atreviera a inventarse una excusa tan absurda delante de los altos mandos y técnicos de su empresa...
Ya ni siquiera le pedía grandes cosas, solo que se comportara y tuviera un mínimo de educación. ¡¿Por qué ni siquiera era capaz de lograr eso?!
Daba igual cómo hubiera conseguido entrar al resort. Ya le había cancelado las tarjetas y el dinero para sus gastos. Lo poco que tuviera ahorrado se lo debió haber gastado en los días que llevaba fuera de casa. Sin un centavo, era imposible que pudiera mantenerse en un lugar tan caro. Tarde o temprano, tendría que volver a casa por su cuenta, sumisa como siempre.
Cuando todos estuvieron a bordo, los motores del yate rugieron y la embarcación zarpó mar adentro, rumbo a la isla virgen.
...
Cuando Gabriela regresó a su habitación, encontró a Clara pegada al teclado de su computadora, escribiendo de forma frenética.
—¡Gabi, tenías toda la razón! Acabo de correr una simulación basada en los datos que me diste, ¡y los resultados confirman la formación de corrientes submarinas severas! —Clara giró el monitor para mostrarle la pantalla, que exhibía el resumen del modelo simulado.
—¡Sabía que al lado de la directora aprendería más en unos días que en un año con otros profesores! —Clara estaba exultante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera