La falta de un título profesional era una de las tantas excusas que Enzo usaba para menospreciar a Gabriela a lo largo de los años.
—Tal vez... —murmuró Daniel lentamente—, ¿tal vez Gabriela sí sabía de lo que hablaba?
Al escuchar eso, tanto Enzo como Jimena se giraron para mirarlo.
Enzo se acercó a su amigo, con el rostro cargado de desdén.
—Daniel, ¿de qué estás hablando? Ella es mi esposa, ¿crees que no sé la clase de mujer que es?
Daniel sostuvo la mirada de Enzo y abrió la boca para responder, pero dudó.
*Quizás, de verdad no la conoces en absoluto.* Pensó.
Estuvo a punto de preguntarle a Enzo si sabía que su esposa era una mecánica experta.
¿Sabía que Gabriela tenía un paladar tan exquisito que podía adivinar la cosecha de un vino con solo olerlo?
Pero se tragó sus palabras.
Por alguna extraña razón, un sentimiento egoísta se apoderó de él. Una necesidad oculta que ni él mismo comprendía lo obligó a guardar silencio.
Al notar la duda de Daniel, Enzo soltó una risa seca.
—Ya entiendo. Estás siendo sarcástico.
Daniel siempre había detestado a Gabriela. Durante años no había hecho más que insistirle en que se divorciara.
Jimena, tras escuchar la conversación, intervino con voz suave y apenada:
—Si de verdad sabía que venía una tormenta, fue muy cruel de su parte no detenernos. Todos íbamos con mucha ilusión a relajarnos. Actuó con puro egoísmo, sin importarle las consecuencias ni pensar en tu bienestar, Enzo. Además... ya pasaron días desde el accidente y ni siquiera se ha molestado en llamarte para preguntar cómo estás.
Al ver cómo el rostro de Enzo se ensombrecía de furia, Jimena continuó destilando su veneno.
—Sé que Gabriela no tiene la capacidad de ayudarte con los problemas de la empresa, pero lo mínimo que una esposa debería hacer es brindar un poco de apoyo moral.
Esas palabras dieron justo en el blanco.
¡Jimena tenía toda la razón! El escándalo de Heraldo estaba en todas las noticias, era imposible que Gabriela no lo supiera.

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