En la imponente oficina de la presidencia de la Corporación Dinastía.
—Señor Salinas, ya envié las invitaciones oficiales y los pases de acceso a Tecnologías Heraldo.
Quien hablaba era una empleada de la filial tecnológica de Dinastía, la misma persona a la que Jimena llamaba orgullosamente su "amiga".
En realidad, apenas y se conocían. Todo había sido una orden directa de Rocco Salinas.
—Perfecto —respondió Rocco, asintiendo mientras daba golpecitos rítmicos sobre el escritorio con sus largos dedos.
Cuando la empleada salió de la oficina, Damián no pudo aguantar más la curiosidad.
—Jefe, ¿por qué demonios le dio pases a la empresa de ese perdedor? Si hace eso, el idiota de Jara va a poder ver a la señorita Gabriela en la conferencia.
—Ese es exactamente el plan —dijo Rocco. Sus dedos dejaron de tamborilear y una sonrisa depredadora se dibujó en sus labios—. Si no la ve en todo su esplendor, ¿cómo se va a dar cuenta de que es un bueno para nada que no le llega ni a los talones a Gabriela?
¡A Damián se le iluminaron los ojos!
¡El jefe estaba jugando ajedrez psicológico de alto nivel!
—Pero... jefe, ¿y si le sale el tiro por la culata? ¿Qué pasa si el infeliz se da cuenta de lo que perdió y decide acosar a la señorita Aranda para recuperarla?
¿De verdad su jefe no veía el riesgo?
Gabriela era hermosa y brillante, y para colmo, habían estado casados siete años. El lazo no se borraba de un día para otro.
Rocco soltó una carcajada cargada de burla.
—Para que eso pase, Gabriela tendría que volver a fijarse en él. Y te aseguro que eso no va a suceder.
...
Faltaba solo un día para la gran conferencia. Esa misma mañana, Lorenzo Paredes le insistió a Gabriela para que se comprara algo deslumbrante para el evento.
Aunque era un entorno académico y científico, esa sería la presentación oficial de Gabriela ante el mundo como la nueva directora del centro de investigación.
No podía presentarse luciendo cualquier cosa.
Gabriela estuvo de acuerdo. La primera impresión en ese círculo era vital, y no iba a permitir que el Instituto, ni su mentor, pasaran vergüenza por su culpa.
El problema era que su armario actual consistía básicamente en ropa de estar en casa y prendas sencillas. Los pocos trajes formales que tenía los había dejado abandonados en la casa de Enzo el día que se marchó.
No pensaba poner un pie en esa casa nunca más, y esa noche le esperaba una larga jornada en el laboratorio afinando detalles.

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