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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 136

Gabriela soltó una risa amarga en su interior.

La diferencia entre importar y no importar era verdaderamente abismal.

Estuvo casada con Enzo Jara durante siete años y jamás, ni una sola vez, la llevó a un evento público. Mucho menos le mandó a hacer ropa a medida.

Pero ya nada de eso le afectaba. No le causaba dolor, solo una profunda ironía.

Jimena se giró hacia la vendedora con aire de superioridad.

—Vengo por el traje que encargué.

La vendedora, solícita, acercó de inmediato el mismo conjunto que Gabriela había admirado minutos antes.

—Aquí tiene, señorita Sosa. El pedido acaba de llegar.

Gabriela se quedó de una pieza. Así que ese era el famoso traje que Enzo le había comprado a Jimena.

Valentina examinó la ropa de arriba a abajo con ojo crítico, asintiendo satisfecha.

—Está divino. Era de esperarse, mi hermano siempre ha tenido un gusto impecable para estas cosas.

—¿Gusta probárselo, señorita? —preguntó la empleada.

Jimena fingió dudar. Miró de reojo a Gabriela, luego a Valentina, y finalmente negó con la cabeza, esbozando una sonrisa recatada.

—No hace falta. Empáquelo.

Para ese momento, Valentina ya se había acercado a Gabriela con cara de asco.

—¿Qué haces aquí, Gabriela? En lugar de estar en casa atendiendo a mi hermano y cuidando a mi sobrino, andas por aquí despilfarrando el dinero de mi hermano. ¡Qué descaro el tuyo!

—Gasto mi propio dinero. No tiene nada que ver con tu hermano.

Y era la verdad. No solo estaban legalmente divorciados, sino que, incluso cuando estaban casados, rara vez tocaba el dinero de Enzo.

De hecho, recordó que tenía un par de tarjetas adicionales a nombre de él perdidas en algún lugar de su cartera. Nunca las usaba. Tenía que acordarse de buscarlas para devolvérselas; ya no tenía ningún sentido conservarlas.

—¡Ay, por favor! ¿Cómo que no tiene nada que ver? ¡Todo el dinero que tienes salió de la cartera de mi hermano! —bramó Valentina, dispuesta a armar un escándalo.

Gabriela miró la hora. Se le había acabado el tiempo de descanso. Y para colmo, el sistema de pagos de la tienda parecía haberse trabado, porque la cajera no lograba procesar nada.

Quedarse ahí solo sería perder minutos valiosos y tener que soportar los alaridos de Valentina.

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