Desde que cruzaron las puertas, el hombre de anteojos y los otros dos ejecutivos de Tecnologías Heraldo no habían dejado de observar a los grandes magnates y a las empresas rivales presentes para la licitación.
Después de dar un vistazo general, los tres se acercaron a Enzo y a Jimena.
—¡Director Jara, señorita Sosa, han venido casi todas las figuras importantes del sector! Miren allá, están el Académico Cortés, el Doctor Castillo, el Profesor Soler y varios de los grandes expertos —exclamó emocionado el hombre de anteojos, señalando hacia la primera fila, donde se encontraban aquellas eminencias que solían ver solo en las noticias o en revistas especializadas.
—Y mire allá, Director Jara —dijo Sergio, señalando a un grupo de empresarios conversando cerca—. Tecnologías Infinitas, Alborada Corp, Cosmos Sistemas, Intelectra... Todos los líderes de la industria están aquí. Seguro vienen a participar en la licitación abierta.
Enzo sabía que la conferencia era de un nivel altísimo, pero ahora que estaba dentro, se daba cuenta de que superaba con creces sus expectativas.
No solo estaban las mentes más brillantes, sino que también habían asistido altos funcionarios del gobierno.
Y lo más preocupante era que las empresas competidoras no se quedaban atrás frente a Tecnologías Heraldo. Incluso Intelectra, que nunca se había metido en el terreno de los sistemas de navegación cuántica, había enviado representantes. Era evidente que habían visto el enorme potencial del Laboratorio de Osciladores Cuánticos y querían una tajada del pastel.
A nivel general, Intelectra era más poderosa que la empresa de Enzo.
Pero no importaba. Aunque era un rival de peso, Enzo confiaba plenamente en sus propias habilidades y en el producto de su compañía.
—De verdad le debemos mucho a la señorita Sosa. Si no fuera por sus conexiones con la Corporación Dinastía, ni de broma estaríamos en un evento como este —agradeció de nuevo el hombre de anteojos, mirándola con franca admiración.
Los otros dos ejecutivos asintieron con vehemencia, desbordando gratitud.
Toda esa reverencia infló de orgullo la vanidad de Jimena.

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