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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 15

Un silencio tenso y sofocante se apoderó de la habitación.

Los labios de Enzo se movieron ligeramente, como si fuera a replicar algo, pero Jimena se le adelantó.

—¡Señora, se lo suplico! ¡No se divorcie del profesor Jara! —gritó Jimena—. Todo es culpa mía. Le pido perdón. Si quiere, me arrodillo ante usted, sé que cometí un error inmenso. ¿Qué tengo que hacer para que me perdone y deje de torturar al profesor?

Sin esperar respuesta, Jimena apartó las sábanas de un tirón y saltó de la cama descalza. Con un golpe sordo que resonó en la habitación, se arrojó de rodillas al suelo, justo frente a Gabriela.

Con sus manos temblorosas, se aferró desesperadamente a los pantalones de Gabriela, llorando a mares y actuando como la perfecta mártir.

—¡Señora, se lo imploro! No castigue al profesor por mi culpa. Ya le pedí perdón, ya me humillé, ¿no es suficiente?

La ligera duda que había nublado el rostro de Enzo desapareció de golpe al ver a su protegida arrodillada en el suelo.

—¡Jimena, ¿qué estás haciendo?! ¡Levántate de inmediato! —ordenó él, acercándose a ella con urgencia y tomándola por los brazos para ponerla de pie.

—¡No! —sollozó ella, resistiéndose y sacudiendo la cabeza con dramatismo—. Si la señora no me perdona, no me moveré de aquí.

Enzo estalló de furia. Ignorando su resistencia, la tomó en brazos y la levantó por la fuerza.

—¡Tú no has hecho nada malo! ¡La única que debería estar de rodillas pidiendo perdón es ella!

Jimena se dejó caer lánguidamente contra el pecho de Enzo, llorando hasta casi quedarse sin aire. Su rostro pálido era el retrato vivo de la injusticia y la vulnerabilidad.

Al ver que su adorada tía Jime estaba a punto de desmayarse, Mateo rompió en llanto y le gritó a Gabriela con todas sus fuerzas:

—¡Mamá! ¡Pídele perdón ahora mismo! ¡Por tu culpa la tía Jime se va a morir! ¡Si no le pides perdón, ya no quiero que seas mi mamá!

—De acuerdo —respondió Gabriela, bajando la mirada hacia el pequeño Mateo con una calma sepulcral—. Entonces, no lo seré.

Observó profundamente a ese niño, al que había dado a luz arriesgando su propia vida, y sintió cómo el dolor llegaba a su límite, convirtiéndose en un vacío absoluto.

—Casualmente, yo ya no te quiero a ti tampoco.

Mateo se quedó petrificado, parpadeando un par de veces, incapaz de procesar lo que su madre acababa de decirle. Un segundo después, desató un berrinche ensordecedor.

—¡Pues no me importa! ¡Yo tampoco te quiero! ¡La tía Jime va a ser mi mamá! ¡Vete! ¡Vete de aquí!

—¡Gabriela! —rugió Enzo, escandalizado por la frialdad de su esposa—. Mateo es tu hijo. ¿Cómo puedes ser tan cruel con él? ¡Eres una decepción absoluta!

Decepción o no, a Gabriela ya no le importaba en lo más mínimo.

Había pasado los últimos veintiocho años de su vida intentando desesperadamente no decepcionar a nadie.

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