Al levantar lentamente la mirada, se topó con los ojos de Sara Salinas, que la escrutaban con burla y desdén.
—¡Vaya, sí eres tú! —exclamó Sara, torciendo los labios en una sonrisa venenosa—. Oh, lo olvidaba, ya no te apellidas Salinas. Cuéntame, usurpadora, ¿qué tal te trata la vida desde que te echamos de la familia? Supongo que es un infierno.
Gabriela jamás imaginó que se encontraría a alguien de la familia Salinas en ese lugar. Si por ella fuera, preferiría no cruzarse con ninguno de ellos por el resto de su vida.
Ignorando las provocaciones, agachó la mirada e intentó rodear a Sara para marcharse lo antes posible.
Pero Sara no estaba dispuesta a dejarla ir tan fácil. Le hizo una seña a su asistente personal.
—¡Que no pase!
Con el paso bloqueado, Gabriela suspiró, comprendiendo que la otra mujer no la dejaría en paz.
—Habla, impostora. ¿Qué demonios haces merodeando por el hospital? —le exigió Sara, analizándola de pies a cabeza, buscando alguna señal de miseria.
—Vine a consulta médica —respondió Gabriela, seca, deseando poner fin a la conversación.
—¡Mentirosa! Si vinieras a consulta estarías en el ala de especialistas, no en la zona de hospitalización —dedujo Sara con astucia—. ¿Acaso te estás muriendo de hambre y viniste a buscar a mi tío Bernardo para rogarle que te deje volver a la familia?
El tío al que Sara se refería era Bernardo Salinas, el patriarca de la familia, presidente de la Corporación Dinastía y uno de los hombres más ricos del país.
Sara, por su parte, era la verdadera heredera de la segunda rama de la familia Salinas, que había sido encontrada años atrás.
En cuanto a Gabriela, la heredera falsa...
—No tenía idea de que el señor Salinas estaba aquí —respondió Gabriela con frialdad—. Si viniste a visitarlo, señorita, te sugiero que entres de una vez. No pierdas tu valioso tiempo conmigo.
Sara miró su reloj. Efectivamente, tenía prisa. Su tío era un adicto al trabajo que no soltaba el teléfono ni siquiera estando internado. Y ella traía noticias excelentes para ganarse aún más su favor.
—Escúchame bien, usurpadora. Mantente alejada de mi familia. Si te vuelvo a ver cerca de nosotros, juro que haré que desaparezcas del mapa.

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