Era de conocimiento público que don Antonio Aranda era una leyenda viviente en el ámbito científico y tecnológico del país.
Había dedicado cada segundo de su existencia a la investigación, renunciando al matrimonio y a la posibilidad de tener hijos.
Para no distraerse de sus proyectos, rara vez aceptaba estudiantes bajo su tutela. Sin embargo, todos aquellos que tuvieron el privilegio de formarse con él eran ahora figuras indispensables a nivel nacional.
El profesor Lorenzo Paredes era uno de esos alumnos. Hoy en día, debido al delicado estado de salud de don Antonio, este había tenido que dar un paso al costado, dejando a Lorenzo al mando absoluto de su prestigioso instituto.
Llamar a Lorenzo el sucesor directo del profesor Aranda no era ninguna exageración.
Dado que don Antonio ya no tomaba alumnos, lograr un puesto bajo el ala de Lorenzo se había convertido en el mayor trofeo para cualquier estudiante del rubro. Todos mataban por esa oportunidad.
Por eso, Bernardo estaba extasiado con la noticia de Sara. Signficaba que la joven estaba a un paso de codearse con la élite científica más exclusiva.
—Así se habla. Eres un verdadero orgullo para nuestra familia —la elogió Bernardo, dándole su completa aprobación—. Mantén la humildad y absorbe todo lo que el doctor Paredes pueda enseñarte.
—Sí, tío, te lo prometo —asintió Sara obedientemente.
Con la buena noticia ya entregada, la joven se sentó en una silla, no sin antes lanzar miradas nerviosas hacia donde estaba Rocco, tratando de calcular la distancia prudente.
Pero apenas apoyó su cuerpo en el asiento, sintió la gélida mirada de Rocco sobre ella. El terror fue tan instintivo que arrastró la silla varios centímetros hacia atrás, alejándose de él.
Rocco apartó la vista y, rompiendo su largo silencio, habló con voz áspera.
—Para tu información, el discípulo favorito del profesor Aranda nunca fue Lorenzo Paredes. Viéndolo desde ese ángulo, ser aceptada por él tampoco es como para lanzar cohetes.

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