Gabriela tenía la mente hecha un caos. Después de pasar la noche en vela, no estaba en condiciones de analizar ni de comprometerse a nada.
—Déjame pensarlo, Lorenzo. Te daré una respuesta pronto.
El pueblo no era muy grande, así que no tardó en encontrar el hotel de la boda. Era el único lugar elegante de la zona.
En el vestíbulo, un enorme retrato de los novios acaparaba las miradas.
En la fotografía, la novia lucía un rostro precioso y una sonrisa radiante. Se notaba a leguas que estaba enamorada y feliz.
La mirada de Gabriela pasó de la novia al novio. Ese rostro apuesto, idéntico al de su esposo Enzo Jara, le clavó una estaca en el corazón.
—¿Y usted quién es? —Una pareja madura se le acercó. El hombre la miró con recelo—. Lleva un buen rato parada frente a la foto de mi hija y mi yerno. ¿Viene a la boda?
¿Hija y yerno?
Eran los padres de Jimena Sosa.
—Vengo a buscar a Enzo Jara. Soy su...
—¡Ah, usted es pariente de la familia de Enzo! —la interrumpió Silvio Sosa, asumiendo que venía por parte del novio.
Técnicamente, no se equivocaba. Era pariente, pero no una prima lejana; era su legítima esposa.
—Sí —asintió Gabriela.
Al escucharla, los rostros de Silvio y Liliana Sosa se iluminaron. Liliana, con excesiva confianza, la tomó del brazo.
—¿Por qué llega tan tarde? Venga, camine, que la ceremonia está por empezar.
Sin oponer resistencia, Gabriela se dejó guiar hacia el salón de eventos.



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