Gabriela llegó a las puertas del salón de eventos. Era la primera vez que veía a Jimena Sosa en persona. Hasta entonces, todo lo que sabía de esa chica provenía de los labios de Enzo.
Le había contado que Jimena venía de una familia humilde, que estaba acostumbrada a trabajar duro desde niña y que era la joven con mejor nivel de estudios de su pueblo.-
Le había dicho que era brillante, la estudiante más inteligente que jamás había tenido.
Le había asegurado que era una chica inocente, llena de luz y con una voluntad inquebrantable, como un girasol que siempre busca el sol.
Ahora, al observar a Jimena esperando su turno para entrar al salón, Gabriela tuvo que admitir que era realmente bonita. Enfundada en un elegante vestido de novia, irradiaba esa mezcla de nerviosismo y coquetería exclusiva de las mujeres a punto de llegar al altar.
—Ay, no sé qué hacer... Ya casi me toca entrar y estoy temblando. ¿Y si me tropiezo y me caigo? Siempre uso tenis, no estoy acostumbrada a estos tacones...
Los coordinadores del evento, parados a ambos lados, le daban ánimos con una sonrisa.
—No se preocupe, adentro están las damas de honor y nuestro equipo. No dejaremos que se caiga. Usted solo preocúpese por lucir como la novia hermosa que es.
Jimena sujetó con delicadeza la falda de su vestido y sonrió con timidez.
—¿Me veo bonita?
—¡Preciosa! ¡Hoy es la mujer más bella del mundo! —respondieron los organizadores.
Esa fue la escena que recibió a Gabriela al llegar al salón.
Sus ojos se oscurecieron y sintió un nudo amargo en la garganta.
Hubo un tiempo en el que ella también esperó con ilusión el día de su boda con Enzo.
Pero en aquel entonces, él la miró con expresión seria y le dijo: 'Este año es crucial para que me den el puesto de profesor titular. La empresa y el laboratorio apenas están arrancando, de verdad no tengo tiempo para organizar una fiesta'.
A sus veintiún años, Gabriela fue comprensiva con el Enzo de veintiséis. Jamás imaginó que siete años después, a sus veintiocho, asistiría a la boda de su propio esposo con otra mujer.
Jimena se percató de la presencia de Gabriela. Su sonrisa flaqueó un instante, pero enseguida se volvió aún más radiante.
—Bienvenida a mi boda con el profesor Jara.
En ese momento, Gabriela sintió el impulso irrefrenable de preguntarle: *¿Sabías que Enzo Jara ya está casado?*
Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, la voz entusiasta del maestro de ceremonias resonó desde el interior del salón.
—¡Y ahora, recibamos con un fuerte aplauso a la novia!



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