Con la simple frase de Mateo diciendo que ya no quería que Gabriela fuera su mamá, el inmenso salón quedó sumido en unos segundos de absoluto silencio.
—Mateo —dijo Enzo, mirando a su hijo con severidad—. Eres un niño, tienes que ser educado.
Mateo hizo un puchero, con una expresión de estar a punto de echarse a llorar.
Ya ni siquiera sabía cuántas veces lo había regañado su papá en el día de hoy.
Al ver que su precioso nieto estaba a punto de llorar, Viviana Yáñez se apresuró a consolarlo:
—No llores, Mateo. Tienes razón, esa mamá es detestable, ninguno de nosotros la quiere.
—Mamá... —Enzo miró a su madre con evidente cansancio—. Mateo todavía es pequeño, no sabe lo que dice. ¿Por qué le sigues la corriente?
—¿Cómo que le sigo la corriente? Solo me duele ver sufrir a mi nieto, ¿acaso tiene algo de malo? —Viviana le lanzó una mirada llena de desdén pero muy elegante a Enzo, y luego volvió a mirar a Mateo con profunda ternura.
En ese momento, la mujer sentada al otro lado de Mateo, Valentina Jara, la hermana menor de Enzo, se acercó. Con un movimiento muy hábil, tomó a Mateo de los brazos de Viviana y le dijo:
—¿Mi Mateo quiere cambiar de mamá? ¿Y a quién quieres como mamá? ¿Qué tal si yo soy tu mamá? ¡De ahora en adelante me puedes decir mamá!
Mateo se acurrucó cómodamente en los brazos de Valentina, parpadeando con sus grandes ojos.
—Tía Vale es mi tía, no puede ser mi mamá.
Valentina, sin darle importancia, siguió mimándolo.
—¿Quién dice que no puedo ser tu mamá? ¿Acaso no te trato como un rey? Ven, dime mamá, quiero escucharlo.
—¡Valentina, deja de hacer el ridículo! —Viviana golpeó con fuerza el hombro de su hija usando la mano en la que llevaba un anillo de esmeraldas. Sus ojos estaban llenos de una clara advertencia—. Eres su tía de sangre, ¡cómo se te ocurre decir una barbaridad así! ¡Aún ni siquiera te has casado! Si eso llega a oídos de otros, ¡imagina cómo arruinaría tu reputación!

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