Enzo conocía bien a su padre. Que un hombre habitualmente tan sereno y educado se alterara de esa forma significaba que se enfrentaba a un problema bastante serio.
—Papá, ¿ocurrió algo malo?
Viviana tomó el abrigo que Héctor se estaba quitando y le preguntó con amabilidad:
—¿Aún no has encontrado a esa jugadora prodigio?
—¿Qué jugadora prodigio? —preguntó Enzo con curiosidad.
*Dejando de lado cómo mi elegante madre pudo pronunciar una frase tan excéntrica como "jugadora prodigio"...*
Su padre, Héctor Jara, era el vicepresidente de la Asociación de Go, el fundador y entrenador principal de la academia nacional de Go más prestigiosa del país, y un exjugador profesional de noveno dan.
Con una trayectoria tan consolidada en el mundo del Go y tantos títulos en su haber, ¿qué clase de prodigio no habría conocido ya?
¿Y qué clase de genio sería capaz de hacer que su padre la buscara con tanta ansiedad y desesperación?
Al ver el interés de su hijo, y pensando que, con el estatus social que Enzo tenía, podría ayudarle a encontrar a esa persona, Héctor decidió explicarle la situación:
—No falta mucho para la Copa Maestra de este año. Y lo que me tiene furioso es que los dos jugadores estrella de nuestra academia, los que tenían verdaderas posibilidades de ganar, tuvieron accidentes.
—¿Cómo pudo pasar eso? ¿Crees que alguien los saboteó a propósito? —preguntó Enzo, adoptando una expresión grave.
Héctor negó con la cabeza.
—No, fue pura estupidez suya, se metieron en problemas ellos solos y terminaron mal. Solo nos falta ganar la Copa Maestra, el único torneo internacional que nos queda, para conseguir el Grand Slam. Esta vez, tengo que conseguir el trofeo de la Copa Maestra a como dé lugar.
—¿Y por eso necesitas encontrar a esa "jugadora prodigio"? —preguntó Enzo, pronunciando las palabras con cierta incomodidad.
—Así es —asintió Héctor—. En este punto, todos los equipos nacionales e internacionales ya tienen a sus jugadores definidos. Intentar meter a alguien nuevo ahora mismo sería imposible, ya no hay tiempo.

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