Al escuchar las palabras de Gabriela, Yolanda adoptó una expresión incómoda y tensa.
—Señora... deje de hacer berrinches, por favor. El Señor Jara ya tiene suficiente presión encima todos los días. Seguir con esto no le va a traer ningún beneficio. Se lo digo por su propio bien...
—Basta, no digas más —la cortó Gabriela, silenciando esos discursos de que era "por su propio bien". Solo se limitó a decir—: Respeto tu decisión.
Dicho esto, se dio la vuelta, salió de la casa y condujo directamente al registro civil.
Yolanda observó cómo el coche de Gabriela salía por el portón y negó con la cabeza, sin saber qué más decir.
Era lunes por la mañana y el tráfico en la hora pico estaba colapsado.
Gabriela se apresuró lo más que pudo y logró llegar al registro civil con cinco minutos de anticipación.
Se sorprendió al ver que la fila para los divorcios era larguísima, incluso más que la fila de quienes iban a casarse.
Tomó su número y esperó su turno. Los minutos pasaban, pero Enzo seguía sin aparecer.
La noche anterior, le había vuelto a enviar un mensaje de texto confirmando la hora y la dirección del lugar.
Como no quería seguir perdiendo el tiempo esperándolo, sacó su celular y lo llamó directamente.
La primera vez, él le rechazó la llamada.
Así que volvió a marcar.
Esta vez, Enzo no cortó. Contestó con evidente fastidio.
—Habla rápido.
En el pasado, escuchar ese tono tan brusco habría hecho que Gabriela se pusiera muy nerviosa y colgara apresuradamente para no interrumpir su trabajo.
Pero ahora, simplemente respondió con una calma absoluta:
—Estoy en el registro civil. Habíamos quedado de firmar los papeles hoy.
Al otro lado de la línea, la respiración de Enzo pareció detenerse un segundo.
—Gabriela, si estás aburrida, pídele a Yolanda que te enseñe cómo ser una madre decente. No tengo tiempo para tus niñerías.

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