El niño miró a Mateo con mucha admiración.
—Mi papá trabaja en la industria automotriz y me dijo que todo lo que tu mamá le explicó era verdad.
Si antes era solo una pequeña chispa de emoción, ahora Mateo sentía una ola de orgullo en el pecho.
*¿Mi mamá de verdad es tan increíble?*
Se había estado atormentando pensando que sería humillado por los demás niños, pero resulta que no solo se salvó de pasar pena, sino que ahora todos los demás sentían admiración por él.
Su pequeña y frágil vanidad infantil se vio gratamente recompensada.
*Al parecer, mi mamá no es tan mala como creía.*
Mateo volvió a asomarse por la ventana, y cuando vio ese vehículo tan familiar acercándose, una enorme sonrisa iluminó su lindo rostro.
*Bueno, si hoy mismo mi mamá acepta ir y pedirle perdón a la Tía Jime, supongo que puedo perdonarla.*
El timbre por fin sonó, y los niños, escoltados por sus maestros, comenzaron a marchar ordenadamente hacia la salida de la escuela.
Justo antes de llegar al portón, Mateo se soltó de la mano de su maestra y salió corriendo con sus cortas piernitas directo al carro de su familia.
Quería ver a su mamá de inmediato, ¡quería preguntarle de frente si era verdad que hablaba francés!
Sin embargo, justo cuando estaba por llegar, la puerta del conductor se abrió y quien se bajó del vehículo fue Yolanda.
Al ver a Mateo corriendo hacia el carro, Yolanda se asustó, corrió hacia él y lo detuvo:
—¡Cuidado, mi niño! No corra, ¿qué pasa si se cae?
Mateo se quedó paralizado en su lugar, frunciendo el ceño por completo.
—Señora Yolanda, ¿por qué está usted aquí? ¿Dónde está mi mamá?
Se puso de puntillas para ver hacia adentro del vehículo, recordando que a veces su madre solía ir a recogerlo acompañada de la empleada.

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