Gabriela hizo zoom a la imagen en la pantalla. Era evidente: esa foto había sido tomada en su propia casa.
Reconoció de inmediato el sofá donde Jimena Sosa estaba sentada abrazando a Mateo. Era el mismo lugar donde ella se sentaba cada noche a esperar a que Enzo regresara del trabajo. Incluso las flores sobre la mesa de centro eran las que ella misma había comprado hacía un par de días.
Los dedos de Gabriela temblaron levemente. Quiso retroceder, pero por accidente tocó la foto de perfil de Mateo. De inmediato, la aplicación la llevó a las publicaciones privadas de su hijo.
Una tras otra, en diferentes fechas y lugares, aparecían fotos donde Jimena siempre estaba presente.
Gabriela siempre había sido una madre comprensiva, del tipo que jamás invadía la privacidad de su hijo. Pero en su memoria, Mateo nunca había sido un niño al que le gustara publicar fotos de su vida.
En el pasado, cuando lo llevaba de paseo o le preparaba sus postres favoritos, solía preguntarle si quería subir una foto.
—No, eso es para inmaduros —solía responder Mateo.
Gabriela nunca le dio demasiada importancia y simplemente respetó su decisión. De hecho, en aquel entonces le parecía adorable que su pequeño actuara como todo un adulto en miniatura.
Llegó a creer que a Mateo genuinamente no le interesaban las redes sociales, por eso nunca había visto una publicación suya.
Gabriela siguió deslizando la pantalla, viendo foto tras foto, hasta llegar a las de hace un año.
Eso significaba que Mateo conocía a Jimena desde hacía todo un año. Durante ese tiempo, se habían visto en innumerables ocasiones. Habían salido a pasear, a comer cosas deliciosas, a hacer experimentos caseros...
Todo lo que un niño normalmente haría con su madre, Mateo lo había hecho con Jimena.
La diferencia era que, cuando Mateo pasaba tiempo con Gabriela, Enzo jamás los acompañaba. Pero en todas esas fotos con Jimena, Enzo estaba ahí, acompañándolos con una paciencia infinita.
Resultó que no era que a Mateo no le gustara compartir su vida, sino que había configurado todas sus publicaciones para que Gabriela no pudiera verlas.
Y ahora, por alguna razón, el bloqueo había desaparecido. Que pudiera verlas solo significaba una cosa: Mateo ya no la necesitaba como madre.
Al ver aquellas imágenes, Gabriela sintió que el mundo le daba vueltas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera