—Enseguida, señor —se apresuró a responder Damián, pisando el acelerador. Sin embargo, sus ojos no podían dejar de buscar la villa por el retrovisor. Finalmente, no pudo contenerse—. Jefe, no creo que me estén fallando los ojos, pero al pasar por Residencial Cumbres de Jade, vi luz en el segundo piso de esa casa.
El hombre en el asiento trasero abrió los ojos lentamente, pero no pronunció palabra.
—¿Alguien se habrá mudado? —insistió Damián, abriendo mucho los ojos—. Jefe, ¿esa no es la casa que usted le dio a...
—Damián —lo interrumpió el elegante hombre con una voz tan ligera como peligrosa.
Al escuchar el tono de su jefe, un escalofrío recorrió la espalda de Damián.
—¡Sí, señor!
—¿Desde cuándo te volviste tan hablador? —preguntó Rocco, enarcando una ceja.
Damián sintió que empezaba a sudar frío. Apretó las manos contra el volante.
—Me callo, me callo...
...
Ese día, la tensión emocional de Enzo Jara había disminuido considerablemente. Hacía poco había recibido excelentes noticias de parte del doctor Lorenzo Paredes: el creador del giroscopio cuántico se presentaría en el centro de investigación la próxima semana. Si todo salía bien, Enzo tendría la oportunidad de reunirse con él.
Con eso, la crisis que atravesaba su empresa quedaría resuelta.
Por eso, Enzo estaba de muy buen humor. Justo antes de salir de la oficina, decidió devolverle la llamada a un proveedor con el que se había negado a hablar durante la mañana.
Tras discutir los detalles del negocio, el proveedor, intentando ganarse el favor de Enzo, adoptó un tono adulador.
—Señor Jara, mi hijo estudia en el mismo colegio que el suyo. Hace un rato vi en sus redes sociales una foto preciosa: su hijo con su mamá favorita. Es un niño encantador, señor Jara.
—Gracias —respondió Enzo con cortesía, sabiendo perfectamente que solo le estaban besando los pies.

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