Antes creía que su valor radicaba en lograr que toda la familia estuviera contenta; que solo así su existencia tenía sentido.
Pero tras el torbellino de aquellos últimos días, había comenzado a entender que su sola existencia ya era valiosa en sí misma. No necesitaba demostrarle nada a nadie, le bastaba con reconocerse a sí misma.
Qué lástima que le hubiera tomado casi 28 años comprender algo tan simple.
La mañana del sábado, Gabriela se levantó, se preparó un sándwich y una taza de café para el desayuno, y se llevó todo a su estudio para continuar organizando sus manuscritos.
Cuando apenas comenzaba a desayunar, su celular comenzó a sonar. Era Viviana Yáñez.
Al ver el nombre de su suegra en la pantalla, Gabriela frunció el ceño ligeramente, pero decidió contestar.
Apenas descolgó, los reproches de Viviana le llovieron como una ráfaga.
—Mateo me dijo que llevas una semana entera sin dormir en casa. ¿Es cierto?
—Sí —admitió Gabriela, y con un tono suave preguntó—: ¿Pasa algo?
Viviana no esperaba que Gabriela lo admitiera con tanta naturalidad, sin ofrecer la más mínima excusa, e incluso atreviéndose a preguntar si pasaba algo.
—¿Que si pasa algo? —la siempre elegante doña Viviana, en un hecho insólito, alzó la voz al teléfono—. Gabriela, como esposa del hijo mayor de la familia Jara, no tienes porte, no encajas en nuestro círculo social. Pero, considerando que le diste un hijo a esta familia y que, en general, te has mantenido en tu sitio sin causar alboroto, decidimos aceptarte. Nunca esperamos que aportaras grandes cosas a los negocios de los Jara, pero ¿acaso no es tu obligación como ama de casa atender a tu marido y a tu hijo como es debido?
Al escuchar aquel discurso, Gabriela respiró hondo. El divorcio ya estaba en trámite, pero ante la ley, Viviana seguía siendo su suegra, y los Jara, su familia política.
Si alguien debía darle explicaciones a esa familia, era Enzo.
Pero era evidente que Enzo no había cruzado palabra con ellos. O tal vez, un asunto tan trivial como su matrimonio ni siquiera merecía ser mencionado en sus conversaciones.
Para Enzo, su matrimonio carecía de importancia. Exactamente igual que ella.
—Ya no vivo ahí —respondió Gabriela escuetamente.

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