Antes de jubilarse, Viviana fue la vicedecana de una prestigiosa academia de artes en el país, además de una pianista consumada. Acostumbrada a lidiar con el mundo cultural y social, siempre mantenía una actitud de extrema elegancia y refinamiento. Para proteger su impecable imagen pública, rara vez levantaba la voz o perdía los estribos frente a los demás.
A menos, claro, que se tratara de su hija, Valentina.
Valentina se encogió, intimidada por la dureza en el rostro de su madre.
—Mamá, baja la voz, vas a asustar a Mateo —susurró, dando un paso atrás.
Viviana recordó de inmediato que el niño estaba leyendo a unos metros. Se giró hacia él rápidamente y respiró aliviada al notar que solo había ladeado la cabeza hacia ellas, sin mostrar señales de susto.
—No pasa nada, mi amor. La abuela solo estaba hablando con tu tía. Tú sigue leyendo tu librito.
—Abuela, tía, hablen más bajito —se quejó el niño con el ceño fruncido antes de volver a su lectura.
Con el rostro aún tenso, Viviana tiró del brazo de su hija para alejarla un poco más.
—Te lo advierto por última vez: ¡lo que pasó en aquel entonces no se menciona más! Y mucho menos dejes que tu padre o tu hermano se enteren. La familia Jara es una casa de cultura, con un prestigio inquebrantable. ¡No voy a permitir que nada manche nuestro buen nombre! ¿Me escuchaste bien?
Valentina bajó la mirada, consciente de su error.
—Ya sé, lo siento. Es que me sacó tanto de quicio lo que hizo Gabriela que hablé sin pensar. No volverá a pasar, mamá, no te enojes.
Al ver la expresión de cachorro arrepentido de su hija, el corazón de Viviana se ablandó.
—Ay, niña... ¿por qué no puedes ser tan centrada como tu hermano? —Viviana lo meditó un momento—. Definitivamente necesitamos encontrarte un buen marido. Una vez que te cases y tengas algo útil que hacer, madurarás de verdad.
Ante la sola mención de encontrar esposo, las mejillas de Valentina se tiñeron de un rojo intenso.
Viviana ya estaba repasando mentalmente la lista de amigos de la familia que tenían hijos solteros, pero al ver el rubor de su hija, frenó en seco.
—Ni se te ocurra pensarlo. Daniel Jiménez no es para ti.

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