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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 55

Cuando Gabriela y Sofía Paredes terminaron de dar su declaración y salieron de la delegación, ya era pasada la medianoche.

La joven recién mayor de edad todavía estaba asustada y, sin poder recuperarse del todo, se aferraba con fuerza al lado de Gabriela.

—Tía, ahí está el hombre que nos salvó —señaló Sofía con el dedo, todavía con la voz temblorosa.

Gabriela levantó la mirada y vio la imponente figura de Rocco Salinas a lo lejos, hablando por celular.

No sabía de qué estaba hablando, pero su rostro era tan severo y su presencia tan intimidante que daba miedo.

Bajo la tenue luz amarilla de los faroles, su sombra se proyectaba inmensamente larga.

Al notar la mirada de Gabriela, él colgó el teléfono y caminó hacia ella.

Al ver a ese hombre acercarse cada vez más, el instinto de Gabriela fue querer huir. Pero cuando notó que traía su celular en la mano, se detuvo en seco.

Rocco se frenó a un metro de ella.

—Tu teléfono.

—Gracias —agradeció Gabriela en voz baja, tomando el celular.

Sofía, que estaba al lado, lo miró hacia arriba y soltó una exclamación espontánea.

—Wow, joven, eres altísimo.

Rocco frunció el ceño, su expresión se volvió glacial.

—¿Le dices tía a ella y a mí me llamas joven?

Que lo pusiera en un escalón por debajo del nivel de Gabriela era algo que jamás aceptaría.

—Llámame señor.

Sofía se asustó por la cara de pocos amigos de Rocco y empezó a tartamudear.

—Se... Señor...

Por cuestión de edad, no debería llamar tía a Gabriela, pero al ser la colega más cercana de su papá, las jerarquías mandaban. Desde chiquita se había acostumbrado a llamarla así.

¡Pero por qué este señor tenía que ser tan amargado!

¡Su cara de piedra daba pavor!

Aterrada, Sofía se escondió detrás de Gabriela, sin atreverse a mirarlo de nuevo.

—Señor Salinas, mi sobrina es muy joven, le pido que no la asuste —dijo Gabriela bajando la mirada, evitando ver a Rocco a los ojos, con un tono frío y distante.

Rocco soltó una risa sarcástica, dio un paso adelante y una presión abrumadora se abalanzó sobre ella.

—Gabriela, acabo de salvarte, ¿ya se te olvidó?

—Lo recuerdo perfectamente, y ya te di las gracias. —El rostro de Gabriela seguía estoico, sin un solo atisbo de emoción, y su voz no se alteró en lo más mínimo.

A Rocco le causó gracia del puro coraje.

—¿Con un gracias crees que es suficiente?

¿Dar las gracias no bastaba?

¿Qué más quería?

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