En la sala de juntas, justo cuando la paciencia de todos estaba a punto de agotarse y el ambiente ardía de indignación, Gabriela entró con paso firme, sosteniendo su laptop.
—Ya llegó la directora —anunció Lorenzo, mirándola—. Tu lugar está...
Lorenzo estaba a punto de indicarle su asiento en la cabecera cuando se dio cuenta de que Vanina estaba descaradamente apoltronada en él.
En ese instante, todas las miradas comenzaron a saltar como un partido de tenis entre Vanina y Gabriela.
Una era la jefa recién llegada por recomendación, la otra, el pilar veterano del instituto.
Por debajo de la mesa, Hugo le dio un ligero golpe a Vanina, haciéndole señas para que se levantara y le cediera el lugar.
Pero Vanina lo ignoró por completo. Mantuvo los brazos cruzados y levantó una ceja, lanzándole a Gabriela una sonrisa cargada de cinismo.
Su expresión gritaba: *No me voy a quitar, ¿y qué vas a hacer al respecto?*
Para Vanina, ese puesto le pertenecía por derecho, y Gabriela se lo había robado usando artimañas sucias.
Lorenzo se tensó, pero sabía que no podía regañar a Vanina otra vez. Si lo hacía, los rumores maliciosos sobre su supuesta relación inapropiada con Gabriela solo empeorarían.
Ante la insolencia pública de Vanina, todos contuvieron el aliento, esperando ver cómo reaccionaría la nueva jefa.
Gabriela se detuvo frente a la mesa, ignorando olímpicamente el tema de la silla.
—No importa, no me voy a sentar.
Dicho esto, caminó directamente hacia el proyector, conectó su computadora y proyectó la pantalla. Sus movimientos fueron fluidos y seguros.
Todos, a excepción de Lorenzo, se quedaron pasmados. Nadie esperaba que una mujer tan joven como Gabriela mantuviera una calma tan absoluta frente a una provocación tan directa.
Vanina también se quedó descolocada. Pensó que Gabriela, por su edad, perdería los estribos y armaría un escándalo. Quería usar esa explosión para humillarla y demostrarle a quién respetaba realmente el equipo.
Al ser ignorada, la que terminó viéndose inmadura y arrogante fue Vanina.

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