Las hojas, repletas de ecuaciones y notas al margen, se exhibían con total nitidez ante los ojos de todos.
Y lo que más llamó la atención fue que cada página tenía una fecha en la esquina inferior y una firma inconfundible: *K-07*.
El rostro de Vanina perdió todo el color, volviéndose del tono de la ceniza. Sus manos se aferraron al borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡¿Y eso qué demuestra?! ¡¿Tienes alguna patente registrada?! ¡Si no tienes patente, esos papeles no valen nada!
Pero el verdadero terror para ella estaba a punto de desatarse.
Cuando Gabriela terminó de pasar las fotos de los apuntes, la pantalla proyectó la página web de una revista científica.
Al ver el nombre de la publicación, una sola frase resonó en la cabeza de Vanina: *Estoy muerta*.
Gabriela, erguida frente a la sala, paseó su mirada serena pero imponente sobre todos los presentes.
—Publiqué este artículo hace cuatro años en la Revista de Metrología y Sensores. Es cierto que esta publicación no tiene mucho renombre en el país y que su versión impresa dejó de circular hace tiempo, pero el archivo web sigue activo.
El equipo observó la fecha de la publicación en la pantalla. En efecto, era de hacía cuatro años.
Pero lo que hizo que a más de uno se le cayera la mandíbula fue el nombre del autor.
¡El autor estaba firmado como K-07!
—¿K-07? ¿Esa no es... la directora Gabriela? —susurró alguien en medio del asombro.
La sala estalló en un caos de voces y murmullos descontrolados.
No se les podía culpar por perder la compostura. El giro de los acontecimientos era demasiado salvaje.
—¡O sea que Vanina plagió un artículo teórico que la directora escribió hace cuatro años!

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