—Hazte a un lado, el olor de tu perfume me da asco.
—¡Tú...! —Valentina se quedó sin palabras. Esperaba que Gabriela estallara en lágrimas, que armara un escándalo, o que al menos intentara rogar por el afecto de Mateo. ¡Jamás imaginó que le diría que olía a basura!
El rostro de Valentina se puso rojo de furia y luego pálido de indignación. Instintivamente se olfateó el cuello. ¡Olía a un perfume carísimo! ¡Qué iba a dar asco!
Gabriela le dirigió una última mirada a Mateo. El niño estaba encantado, abriendo la boca obedientemente cada vez que Jimena le acercaba la cuchara, riendo y bromeando con ella. Parecían la imagen perfecta de una madre y su hijo. Se habían olvidado por completo de que ella estaba en la habitación.
Sus ojos se oscurecieron por una fracción de segundo. Pero no dijo nada. Simplemente dio media vuelta y salió de allí.
Cuando un corazón ha sido pisoteado tantas veces, es imposible que no duela.
Pero ya había aprendido a soportar ese dolor. Ya no iba a permitir que la consumiera por dentro.
Al pasar cerca del salón de té, escuchó las voces de Enzo y Héctor, que seguían enfrascados en su conversación. Aceleró el paso, cruzó el recibidor y se detuvo un instante antes de salir. Miró por última vez el interior de la Casona Jara.
No se quedó a lamentarse. Se dio la vuelta y salió al exterior.
Se sintió como la ruptura definitiva, el cierre final de su historia con la familia Jara.
No fue hasta que cruzó las imponentes puertas de hierro de la mansión y respiró el aire frío y libre de la noche, que el nudo que la asfixiaba comenzó a aflojarse.
La ubicación de la casona era tan exclusiva que no pasaban taxis por ahí, y los vehículos de aplicaciones no tenían permiso para ingresar al área residencial.
Como todavía no había comprado su propio auto, su única opción era caminar hasta la avenida principal para conseguir un transporte.
Por suerte, no era un trayecto demasiado largo. Unos veinte minutos a pie.
Aun así, caminar sola en la oscuridad le recordó que debía comprar un auto lo antes posible. No podía seguir dependiendo de la suerte para moverse por la ciudad.
Llevaba caminando unos diez minutos cuando un coche que venía a toda velocidad en dirección contraria la encandiló. Las luces altas la deslumbraron, obligándola a cubrirse los ojos con el brazo.
Para su sorpresa, el vehículo frenó de golpe justo a su lado.
Cuando estaba a punto de reconocer aquel lujoso Porsche Panamera, la ventanilla del conductor bajó, revelando el rostro de Daniel Jiménez.
—¿Gabriela?
Daniel se asomó, miró hacia la oscura carretera y luego en dirección a la mansión de los Jara. No era muy difícil sumar dos más dos.
—¿Qué haces caminando sola a estas horas? —preguntó y, casi sin pensarlo, las palabras salieron de su boca—: ¿Quieres que te lleve?
Apenas terminó la frase, se quedó helado.

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