Apenas terminó de hablar, Daniel notó que las caras de los tres miembros de la familia eran un poema de amargura.
—¿Pasa algo? —preguntó, desconcertado.
—¿Y qué va a ser? El drama de siempre con Gabriela —respondió Viviana, sin molestarse en guardar las apariencias frente al mejor amigo de su hijo.
—¿Gabriela? —El nombre hizo que la mente de Daniel evocara de inmediato la imagen de la mujer caminando sola y en medio de la oscuridad en la carretera—. ¿Pasó algo grave? Porque la acabo de ver caminando sola por la avenida hace un rato.
—¿Qué? ¿Se fue? —La cara de Viviana se descompuso aún más, el enojo deformando sus facciones—. ¡Pero qué clase de madre es esta! ¿Abandonar a su hijo enfermo y largarse sin decir una sola palabra a la familia?
El rostro de Enzo se volvió de piedra. Sentía que, efectivamente, la actitud de Gabriela ese día había cruzado la raya.
Pero, bajo el caparazón del enojo, había algo más. Una punzada de pánico inexplicable, una sensación de pérdida de control que le revolvía el estómago.
Esa incomodidad había echado raíces horas antes, en el auto, cuando Gabriela recibió aquella llamada de ese "tipo cualquiera". Y ahora, al enterarse de que se había marchado de la casa familiar sin siquiera despedirse, esa extraña semilla de ansiedad había comenzado a brotar.
La Gabriela de antes jamás habría hecho algo así. Antes, siempre trataba de complacerlo, de ganarse a su familia, moviéndose con cuidado para no molestar a nadie, rogando por un poco de afecto.
¿Qué demonios le estaba pasando últimamente?
¿Acaso Daniel tenía razón y todo esto era solo una estrategia para hacerse la difícil?
Por primera vez, Enzo empezó a dudar de esa teoría. ¿Realmente estaba jugando con él?
—¡Daniel! ¡Qué sorpresa! —La voz cantarina de Valentina rompió la tensión. Bajaba las escaleras casi saltando, como una mariposa atraída por la luz. Si hubiera tenido alas, seguramente se habría arrojado directamente a los brazos del recién llegado.
Al ver la intensidad de Valentina, Daniel dio un par de pasos hacia atrás de forma casi instintiva, usando a Héctor como escudo humano.
La hermana menor de su mejor amigo le daba pavor.
Como un experto donjuán que había navegado por mil romances, Daniel sabía perfectamente que Valentina estaba obsesionada con él. Pero él no sentía el más mínimo interés en ella. Y el hecho de que fuera la hermana de Enzo complicaba las cosas a un nivel astronómico.
Para Daniel, los negocios y el placer jamás debían mezclarse. Él y Enzo eran colegas, amigos y socios, pero jamás podrían ser familia. Si llegara a cruzar la línea con Valentina, la dinámica con su mejor amigo se volvería un infierno. Además, estaría abriendo la puerta para que la familia Jara tuviera influencia y control sobre él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera