Entrar Via

Amor que Fue romance Capítulo 244

Por un instante, en la pequeña capilla reinaba un silencio tan profundo que hasta el más mínimo ruido habría retumbado. Nadie se atrevió a respirar.

Selena sintió el peso de todas las miradas sobre ella: algunas juzgaban, otras evaluaban, muchas mostraban asombro y unas cuantas, pura inconformidad. Las emociones se entrelazaban en el ambiente, palpables en cada rincón.

Ella permanecía junto a Isaac, erguida, con el rostro sereno, sin dejar que nada se reflejara en su expresión. Aceptó el alud de atenciones con una calma imperturbable.

En un rincón, la cara de la señorita Nadia se descompuso, perdiendo todo el color. Abrió los ojos con incredulidad, mordiéndose los labios hasta casi hacerse daño, mientras su cuerpo temblaba de rabia contenida.

A su lado, el hombre de mediana edad —su padre— también palideció. Su mirada titubeó, sumida primero en la confusión y luego en una penumbra sombría. Sin soltar a su hija, la sujetó del brazo con fuerza, impidiéndole cualquier reacción impulsiva.

Cada quien asimiló la noticia a su manera, pero todos, en silencio, medían cómo esa inesperada “madre de familia” podría trastocar el equilibrio de poder.

Isaac ignoró las reacciones a su alrededor. Volvió a hablar, ahora con un tono más duro:

—A partir de hoy, quien la vea a ella, es como si me viera a mí. Lo que ella diga, es mi palabra.

Su mirada recorrió el salón como una advertencia silenciosa, dejando claro que no toleraría faltas de respeto.

Selena levantó la vista y lo observó de reojo. La luz que entraba por las altas ventanas delineaba sus facciones, dándole un aire imponente, casi autoritario, como si bajo su protección nada pudiera alcanzarla.

En ese lugar tan cargado de reglas antiguas y tradiciones familiares, Isaac no dudó en proclamar su posición, cobijándola bajo su sombra ante todos.

...

El siguiente ritual, encender incienso, resultó tan complejo como solemne.

Isaac tomó la iniciativa, guiando a Selena. Recibieron tres varitas de incienso del mayordomo, las encendieron juntos y dejaron que el humo ascendiera en espirales.

Con rostro serio, Isaac se inclinó profundamente ante los retratos de los antepasados, cada movimiento medido y respetuoso.

Selena, siguiendo su ejemplo, repitió los mismos tres saludos ceremoniales.

Selena ni siquiera parpadeó ante la escena; ignoró por completo a padre e hija.

El gesto hizo que la mano de Mauricio, aún extendida, quedara suspendida en el aire. Su sonrisa se desvaneció y unas gotitas de sudor empezaron a resbalarle por la sien.

El ambiente se tensó de inmediato. En las mesas cercanas, las conversaciones se apagaron y todos dirigieron miradas furtivas hacia el epicentro del conflicto.

—¡Papá! —la señorita Nadia, fuera de sí, le arrebató la copa y dio un paso al frente, retando a Selena con la mirada—. ¡Mi papá vino a brindarte por cortesía! ¡No abuses! ¡Si no quieres aceptar el brindis, entonces acepta el castigo!

Aún no terminaba de hablar cuando —¡paf!— se escuchó una bofetada estrepitosa.

Mauricio Méndez, sin vacilar, le propinó un golpe tan fuerte a su hija que ella perdió el equilibrio, tambaleándose hacia atrás. De inmediato, la sangre asomó en la comisura de sus labios y en su cara se marcó la huella de cinco dedos, sumándose a las cicatrices del día anterior. Su aspecto no podía ser más desaliñado y humillante.

Mauricio, temblando de coraje, la señaló con el dedo y le gritó:

—¡Eres una desgracia! ¡Deja de decir estupideces!

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Amor que Fue