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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 10

Las náuseas de Emma el sábado por la mañana no se debían a sus dos meses de embarazo, sino a la sola idea de pararse frente al hombre que para ella, hace tan solo unas semanas, era el mejor de todos. Se despertó con el estómago revuelto y una amargura en la garganta que no lograba pasar ni con agua. Se sentó en la orilla de la cama, sujetando su vientre con una mano mientras la otra apretaba las sábanas de seda. Detestaba la idea de tener que verlo, porque sabía que por mucho que lo odiara, su corazón seguía latiendo con fuerza sin comprender que ese bastardo no merecía más que su desprecio. Era una lucha interna agotadora; su mente le gritaba que él era un traidor, pero su cuerpo recordaba cada promesa falsa que él le había susurrado al oído.

​También se sentía profundamente triste porque a su madre no le importaba su situación. Desde la última llamada donde solo hubo reclamos no recibió ni un mensaje para saber si estaba viva o si tenía qué comer. Y lo peor es que ella seguía esperando muy en el fondo que eso cambiara. Emma se sentía huérfana en vida. Deseaba tanto tener a alguien que la abrazara, que le dijera que todo estaría bien y que se alegrara de saber que un bebé venía en camino. Quería ver a su abuela, la única persona que siempre le había dado un amor sin condiciones. Sabía que ella sí la quería y que la entendería, pero le sería difícil visitarla sin que su madre estuviera presente y ya sabía cómo resultaría todo si se atrevía a ir a esa casa. La sola idea de un enfrentamiento con su madre le quitaba las pocas fuerzas que le quedaban. Suspiró hondo y elevó el rostro al techo tratando de contener el llanto que salía a cada nada. El embarazo la ponía mucho más sensible, y cualquier pensamiento la llevaba directo a las lágrimas.

​—¿Quiere que le prepare algo de comer? —preguntó Zenaida sacándola de su letargo.

​La mujer estaba de pie en el umbral de la habitación, con el uniforme impecable y una expresión amable. Zenaida era la encargada de la limpieza y la cocina en el apartamento. Benedict se había tomado demasiado en serio su papel de hombre proveedor y la mujer iba todos los días. El refrigerador estaba lleno de frutas frescas, verduras y cortes de carne que Emma jamás habría podido comprar por su cuenta. No tenía que preocuparse por nada que no fuera descansar y estudiar aquella carpeta con la información de su ahora prometido. Todo le parecía extraño; aún no se acostumbraba a que alguien más se hiciera cargo de las tareas domésticas. Se sentía apenada y creía que era demasiado, pero Benedict era poderoso y ya lo había demostrado. Le daría todo a manos llenas simplemente para que ella cumpliera su parte del trato sin distracciones.

​—Estoy bien, gracias —respondió Emma, esforzándose por proyectar una voz firme que no tenía.

​Escuchó a la mujer despedirse luego de terminar con las tareas cotidianas. El apartamento quedó sumido en un silencio que a veces le resultaba reconfortante y otras veces asfixiante. Emma se levantó y caminó hacia el baño. Se miró al espejo y notó que, a pesar de las náuseas, su piel tenía un brillo distinto. Se duchó con parsimonia, dejando que el agua caliente relajara la tensión de sus hombros. Al salir, comenzó a vestirse para la boda del hombre que todavía amaba a su pesar. Cada prenda que se colocaba era un paso más hacia un abismo del que no sabía si podría salir ilesa.

​Cuando terminó de ponerse los zapatos con tacón alto que estilizaban sus piernas, escuchó la puerta principal abrirse. El sonido de los pasos firmes y seguros le indicó que Benedict había llegado. Emma se puso un poco de perfume, inhalando el aroma para calmar sus nervios, y salió a su encuentro. Caminó por el pasillo de la sala, sintiendo el roce de la seda contra sus muslos. El vestido negro con tirantes delgados se ajustaba peligrosamente a su cuerpo, cayendo con elegancia hasta el suelo. El diseño era sencillo pero letal; dejaba mucha piel a la vista y marcaba su silueta de una forma que la hacía sentir poderosa y expuesta al mismo tiempo.

​Benedict estaba de pie junto al ventanal, revisando su reloj. Al escucharla, se giró y se quedó inmóvil. Su mirada gris la recorrió de arriba abajo, deteniéndose en los puntos donde la tela se ceñía más a su piel. No había duda en sus ojos, solo una apreciación fría y directa.

​—Te ves hermosa —dijo Benedict con toda confianza.

​Se acercó a ella, rompiendo la distancia que Emma intentaba mantener. Sacó de su saco un pequeño estuche de terciopelo. Al abrirlo, reveló un delicado collar de diamantes que brillaba con una luz blanca y pura.

Vestido de guerra 1

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