La música había bajado de volumen, convirtiéndose en un murmullo elegante que apenas llenaba los espacios entre las columnas de la mansión. Benedict se detuvo un segundo y ofreció su brazo a Emma, mirándola de una forma que pretendía darle una seguridad que ella no sentía. Estaban listos para comenzar con la farsa. En cuanto cruzaron el umbral del salón principal, las miradas de los invitados se dirigieron a ellos como si fueran un imán. Para todos los presentes era una sorpresa ver a Benedict Campbell con una mujer; el hombre jamás llevaba acompañantes a las fiestas, mucho menos a los eventos familiares de tal importancia. Los murmullos no se hicieron esperar, corriendo por el salón como pólvora encendida. Todos se preguntaban quién carajos era la rubia que, con aquel vestido negro tan seductor, iba de su brazo.
Emma sintió que las piernas le flaqueaban ante el escrutinio de cientos de ojos. No pudo evitar sujetar el brazo de Benedict con más fuerza, enterrando sus uñas en la tela costosa de su saco. Él no se tensó; al contrario, una sonrisa ladeada apareció en su rostro. Se inclinó un poco hacia ella para que solo ella pudiera escucharlo.
—Me gustaría sentir esas uñas en otro contexto, Emma —susurró Benedict con un tono que la hizo sonrojar de golpe.
Ella parpadeó, confundida, sin saber a qué se refería, hasta que él señaló con la vista su propio brazo. Emma se dio cuenta de que estaba hincando sus uñas con fuerza debido al pánico. Dejó de hacerlo de inmediato, aunque no lo soltó. Estaba por disculparse cuando la voz grave de Benedict dirigida a un hombre, interrumpió sus pensamientos.
—Papá —saludó, deteniéndose frente a una mirada severa.
Robert Campbell ni siquiera respondió al saludo de su hijo. Su mirada estaba clavada en la mujer que lo acompañaba. El patriarca se notaba impresionado, incluso más que el resto, al ver a la rubia de ojos azules que Benedict sostenía con tanta posesión. Vio sus ojos azules y sus labios se apretaron. El silencio que se formó entre ellos fue pesado, con una tensión que hacía que a Emma le costara pasar saliva. Benedict se separó apenas un centímetro de ella para presentarla, y fue en ese preciso instante cuando Emma se dio cuenta de que, junto a Robert, estaba Noah.
Los ojos de Noah mostraron un desconcierto absoluto. Un atisbo de pánico se reflejó en sus iris aceitunados mientras retrocedía medio paso. Noah parecía estar al borde de un colapso; su mente trabajaba a mil por hora, aterrado por la presencia de quien había sido su romance secreto y su asistente. Por un momento, dio la impresión de que llamaría a seguridad para sacar a Emma, creyendo que ella simplemente se había colado para arruinarlo todo. El miedo de Noah era palpable, una mezcla de terror a ser descubierto y una furia ciega por verla ahí. Pero la voz de Benedict interrumpió cualquier intención.
—Ahora que ambos están aquí, permítanme presentarles a Emma Spencer, mi prometida —declaró Benedict.
El rostro de Noah perdió todo el color. Se puso pálido, sin saber que m****a es lo que sucedía. No podía estar pasando. Se quedó mudo, procesando las palabras de su tío. ¿Emma su prometida? ¿Había escuchado bien? El mundo de Noah se tambaleó mientras veía cómo Emma extendía la mano en dirección al papá de Benedict. Noah sentía una rabia a reventarse en su pecho que le quemaba; ver a Emma del brazo del hombre más poderoso de la familia era una bofetada a su orgullo. ¿Que carajos estaba tramando?
—Señor Campbell, es un honor conocerlo —dijo Emma con la voz más confiada que pudo exponer.
Robert aceptó su mano, manteniendo sus ojos sobre ella un instante más y la saludó cortante antes de mirar a su hijo.
El hombre no estaba para nada contento.
—Claramente esto no es algo que debamos abordar aquí, pero tenemos que hablar —sentenció Robert.
—Cuando quieras —respondió Benedict con todo el cinismo—. Pero si me permites, quiero felicitar a mi sobrino por su reciente boda. No me fue posible llegar a la iglesia.
Robert se alejó, fingiendo ante el resto de los invitados que no estaba consternado por aquella revelación que no debió conocer ahí. Los ojos de Benedict se encontraron con los de Noah.
—¿Sucede algo? Pareces haber visto un fantasma —declaró con todo cinismo. Lo estaba disfrutando.
Luego se dirigió a Emma.

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