El cuerpo de Angélica aún temblaba bajo las sábanas de seda oscura cuando el Ruso acomodó su espalda contra el respaldo de la cama, exhalando una nube densa de humo tras encender un cigarrillo. Inhaló lento, disfrutando del silencio que solo queda después de una tormenta de piel y sudor.
Sin duda aquel había sido un excelente polvo. Por supuesto el mercenario era un hombre que había tenido en su cama a cientos de mujeres, pero sorprendentemente ninguna le había dado el placer que la mujer que ahora tenía a su lado, cubierta apenas con las telas costosas del penthouse. En el suelo, la evidencia de su ruda entrega se amontonaba: al menos cinco condones usados yacían esparcidos y la botella de licor estaba a punto de terminarse. El Ruso la observó de reojo, apreciando la calma en su rostro después de haberla reclamado con tanta ruda intensidad. Ambos estaban agotados, pero así mismo estaban gustosos de lo que había pasado.
Después de algunos minutos en los que se permitió descansar en el calor de la cama de ese hombre, Angélica se levantó de la cama con movimientos fluidos, sintiendo el peso de la noche en sus músculos. Ella también lo había disfrutado; por Dios, ese había sido el mejor polvo de su vida, una experiencia que la había hecho reencontrarse con una feminidad que creía enterrada bajo facturas y deudas. Pero ahora tocaba regresar a la realidad y tampoco es que eso le molestara. Tenía cosas que hacer y un plan que ejecutar. Mientras se vestía, pensaba que aquel sexo salvaje le había aclarado el panorama: Noah no le daría ninguna casa. Aceptaba haber sido ingenua al creer en sus palabras, pero ya no importaba. Lo que sí podía hacer era mostrarle la grabación de su confesión a Robert para que el viejo supiera, de una vez por todas, el gusano que tenía por nieto.
Si ella no iba a ganar nada, al menos esta vez haría lo correcto. Aunque no la tentaba ser una persona correcta en realidad, lo que la movía era ver el rostro de Robert cuando supiera que él que siempre creyó un hombre perfecto era en realidad un maldito parásito que solo buscaba su propio beneficio.
—¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó el Ruso, con una sonrisa ladeada.
—He cumplido mi parte del trato. Espero que pronto cumplas la tuya y me entregues la cabeza de Noah en una bandeja de plata —respondió Angélica, ajustándose el vestido.
El Ruso se levantó completamente desnudo, sin una pizca de pudor, exhibiendo su torso tatuado y su fuerza bruta mientras ella terminaba de arreglarse. Se acercó a ella y le tomó el mentón con firmeza.
—Recuerda que esta fue solo la primera cuota, Angélica. Te buscaré otra vez para la segunda muy pronto —sentenció el hombre con un tono seductor mientras la recorría con la mirada.
Angélica le sostuvo la mirada con una sonrisa altiva, sin amedrentarse por su desnudez o su amenaza velada. Estaría ansiosa de pagar aquella segunda ronda, se dio media vuelta y abandonó el lugar con el paso firme de quien ha recuperado el control de su propio destino.
Emma sonrió, sintiendo la calidez de esa mano grande y protectora sobre su piel. En ese instante, una pequeña pero clara protuberancia golpeó la palma de Benedict. La bebé se había movido. Benedict se sorprendió, abriendo los ojos de par en par mientras mantenía la mano firme contra el vientre de su esposa, y Emma se emocionó al ver la expresión de asombro en el rostro de aquel hombre que solía ser imperturbable.
—Ella también está ansiosa por conocer a su papá —dijo Emma con la voz quebrada por la ternura.
Benedict la acarició un momento más, dejando que una extraña calidez recorriera su cuerpo. Jamás había deseado tener una familia, y mucho menos hijos. En el fondo, la muerte repentina de su hermano lo había marcado de tal forma que se rehusó durante años a establecerse sentimentalmente; eso, sumado a que jamás existió una persona que le importara tanto como Emma. Sin embargo, con ella todo era diferente. No solo la deseaba con una rabia posesiva, la quería cerca, deseaba que fuera lo primero que viera cada día al abrir los ojos.
Aunque sentía una punzada de rabia al recordar que Emma estuvo en los brazos de Noah y que la bebé llevaba la sangre de su sobrino, lo que le provocaba celos oscuros, era algo que no podía evitar. No porque le reprochará el pasado, sino porque ese imbécil simplemente no las merecía. Benedict estaba seguro de algo: ahora eran suyas. Las tenía en su vida, bajo su protección, y se sentía malditamente afortunado de que así fuera. No permitiría que nadie, ni siquiera el pasado, les arrebatara la paz que apenas comenzaban a construir.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Atada a un Hombre Mayor