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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 101

Benedict detuvo el auto frente a la hilera de boutiques más exclusivas de la ciudad, entregando las llaves al valet sin siquiera mirarlo. Bajó del vehículo y rodeó el capó para abrir la puerta de Emma, ofreciéndole su mano con caballerosidad y dándole una sonrisa ladeada. Caminaron por la acera de mármol pulido y Benedict no soltó su mano ni un segundo, entrelazando sus dedos con fuerza mientras la guiaba hacia la primera tienda de artículos para bebé. Emma se sentía radiante, el vestido de maternidad se ajustaba a sus curvas de forma elegante y la luz del sol resaltaba el brillo de su piel, algo que Benedict no dejaba de notar con cada mirada furtiva que le lanzaba. Al cruzar el umbral de la tienda, el aire acondicionado y el aroma a lavanda los recibieron, pero Benedict no se detuvo a apreciar el ambiente; su mente estaba fija en proveer lo mejor.

​Benedict se detuvo en la primera tienda al ver un pequeño conjunto que le pareció hermoso. Se veía demasiado pequeño en sus grandes manos. El hombre seleccionó ese y otro más al ver que la tela era sumamente suave y seguramente su hija se sentiría muy a gusto usándolo. Después vio un conjunto de seda blanca con pequeños detalles bordados a mano y otro de encaje francés para recién nacido. Emma intentó frenarlo cuando vio que el montón de ropa en el mostrador crecía de forma ridícula, pero él simplemente la atrajo hacia su costado, rodeándole la cintura con firmeza.

—En todos los colores que tengan —ordenó a la vendedora, quien asentía nerviosa ante la imponente presencia del hombre. Benedict le susurró a Emma que su hija no usaría nada que no fuera lo mejor que el dinero pudiera comprar en este maldito mundo, y que si por él fuera, compraría la tienda entera solo para que nadie más tocara lo que ella iba a vestir.

​Después de las prendas, la llevó a una joyería de alto prestigio donde tenían una cita privada. Se sentaron en un salón oculto tras cortinas de terciopelo y Benedict pidió ver las piezas de edición limitada para niños. Emma observaba fascinada mientras el joyero sacaba bandejas llenas de oro y piedras preciosas. Benedict eligió sin dudar: una pulsera de oro blanco con un dije en forma de flor de loto, cuajada de diamantes rosados que destellaban ante la menor luz. Era una pieza excesiva, una joya que cualquier mujer adulta envidiaría, pero él quería marcar el estatus de su heredera desde el primer segundo. Mientras el joyero empacaba la pieza en una caja de piel, Benedict se giró hacia Emma y la besó repentinamente, un beso profundo y exigente que la dejó sin aliento, ignorando por completo la presencia del empleado.

​Al salir de la joyería, entraron a otra tienda de mantas y accesorios de cuna. Un joven empleado, de apariencia amable y sonriente, se acercó para ayudarlos. El hombre se mostró demasiado atento con Emma, acercándose más de lo necesario para mostrarle la suavidad de una manta de cachemira. Benedict, que hasta ese momento revisaba unos catálogos, se tensó de inmediato. Vio cómo el empleado le sonreía a Emma y cómo ella respondía con cortesía. En un movimiento rápido, Benedict se interpuso físicamente entre ellos, desplazando al joven con un hombro y pegando el cuerpo de Emma al suyo. Su mirada era de hielo mientras le quitaba la manta de las manos al tipo.

—Yo me encargo de ella. Tú solo limítate a cobrar y mantén tu distancia de mi esposa —sentenció con una voz ronca que hizo que el empleado retrocediera un par de pasos, pálido. Emma se rio por lo bajo de sus celos, pero Benedict le apretó la cadera, dejándole claro que no soportaba que otro hombre respirara el mismo aire que ella.

​Mientras esperaban que terminaran de empacar las últimas compras, una mujer de la alta sociedad, una antigua conocida de la familia Campbell, entró a la tienda. Al ver a Benedict, la mujer se acercó con una sonrisa coqueta, ignorando olímpicamente a Emma. Empezó a coquetearle descaradamente, recordándole supuestas fiestas y "viejos tiempos" donde él solía ser el soltero más codiciado. La mujer lanzó una mirada despectiva al vientre de Emma y soltó un comentario pasivo-agresivo sobre cómo la vida cambiaba tan rápido y cómo algunos subían de puesto de forma inesperada. Benedict ni siquiera le devolvió el saludo; la miró con un desprecio tan evidente que el ambiente se volvió asfixiante.

—Estas incomodando a mi esposa, seré gentil y te pediré que te alejes, a menos que prefieras que le pida al personal que te eche —soltó él antes de tomar a Emma del rostro y besar su mano frente a la mujer, marcando su territorio de forma pública.

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