Emma fue más osada de lo habitual; en lugar de subir a horcadas sobre el regazo de Benedict, deslizó su mano con lentitud por su entrepierna, acariciando el enorme bulto que se tensaba bajo la tela del pantalón. Sentir esa dureza le causó el mismo cosquilleo eléctrico que recorría siempre su espina dorsal hasta estallar en su centro. Benedict echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gruñido de satisfacción mientras observaba, fascinado, cómo ella liberaba su verga con manos expertas. El contraste de la piel clara de Emma contra la oscuridad de su ropa lo volvía loco. Ella humedeció su palma con un poco de saliva, masajeándolo de arriba abajo mientras sostenía su mirada impregnada de un deseo que quemaba. Luego, con un movimiento grácil, recogió su cabello sobre el hombro para que nada estorbara y llevó ese pene grueso a su boca.
Benedict sintió que el mundo desaparecía. Las venas se marcaron con fuerza en su cuello y sus manos se hundieron en el cuero del asiento, apretándolo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Tener la boca de Emma ahí, cálida y succionando con una entrega total, era una tortura gloriosa. Tenerla de esa forma siempre había sido una de sus fantasias, disfrutaba de que esos labios gruesos lo envolvieran.
Joder, era delicioso.
Emma se envalentonó al escucharlo gruñir su nombre con esa voz ronca; le acarició el muslo firme, sintiendo la tensión de sus músculos, y continuó con la faena con más ímpetu. No se detuvo cuando sintió que Benedict se ponía rígido, anunciando que estaba por alcanzar el límite.
—Espera... —ordenó él, pero ella no se detuvo.
Al contrario, succionó con más fuerza, justo lo que él necesitaba para perder el control. Benedict estalló, liberando su semen en la boca de ella con sacudidas que hacían vibrar el auto.
Emma no se apartó. Bebió el líquido caliente con una devoción que dejó a Benedict embelesado, Disfrutó en su lengua el sabor del líquido espeso y cuando terminó, limpió las comisuras con el pulgar para luego lamer el resto de su propia piel. Sus ojos estaban brillantes, empañados por la intensidad del momento, por el deseo y también por el esfuerzo que representaba su enorme longitud, y sus labios lucían rojos e hinchados.
Benedict no esperó, la tomó por la cintura y la subió a su regazo de un solo movimiento, besándola con una desesperación renovada. A pesar de haber acabado apenas segundos atrás, ya estaba duro nuevamente para ella; el hombre simplemente no tenía límites. Su apetito sexual era un pozo sin fondo cuando se trataba de Emma.
—Me encantas... no sabes lo mucho que me fascina tenerte en mi vida —susurró Benedict mientras recorría con su pulgar la tela de sus bragas que estorbaban en ese momento. Emma sonrió sintiendo la punta de su pene lamer la entrada y Benedict la penetró con una lentitud tortuosa.
Emma movió sus caderas, al tiempo que se abrazaba a su cuello y miraba sus ojos grises que parecían cristales.
Lo abrazó con fuerza, hundiendo las uñas en su espalda mientras el placer la desbordaba. Podía sentir como el placer incrementaba y comenzaba a expanderse desde su centro a cada parte de su cuerpo. Su orgasmo estaba cerca y al saberlo, Benedict apretó sus caderas y cada embestida fue mucho más potente. Ambos acabaron en una explosión de sensaciones que los dejó jadeando, unidos en el espacio reducido del auto que se sentía como el único refugio seguro en el mundo.
—Me encantaría vivir dentro de ti siempre —le dijo él, recuperando el aliento mientras la mantenía pegada a su pecho.

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