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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 103

—Dilo otra vez —suplicó Emma en un susurro, con la voz quebrada por la emoción y el deseo.

​Benedict la apretó contra su cuerpo con una fuerza renovada, sus manos hundiéndose en su piel mientras reiniciaba las embestidas con un ritmo frenético, mucho más rápido que antes. La sensibilidad en el cuerpo de Emma estaba a flor de piel al igual que la propia; cada movimiento de él la hacía estremecerse, llevándola nuevamente al borde del abismo. Benedict, con el rostro hundido en la curva de su cuello y la respiración errática, dejó que las palabras salieran sin filtros, liberando la verdad que había intentado enterrar bajo su fachada de hielo.

​—Me vuelves loco... estoy enamorado de ti, Em. De nuestra hija y de todo lo que tú representas en mi maldita vida —soltó entre jadeos, mientras su cuerpo se tensaba al alcanzar el clímax por tercera vez.

​Emma se abrazó a él con desesperación, hundiendo el rostro en su pecho, escuchando el latido desbocado de su corazón que martilleaba contra su oído. El temor punzante que la había atormentado, esa duda de que él solo la viera como una posesión o un deber, se evaporó por completo. Se permitió disfrutar de esas palabras, guardándolas como un tesoro mientras el calor del momento empezaba a descender lentamente. Pasaron unos minutos en silencio, envueltos en el aroma de su entrega, hasta que Emma regresó a su asiento con el rostro encendido y los labios hinchados. Benedict puso el auto en marcha, pero antes de arrancar, la miró con una intensidad oscura y prometedora.

​—Quiero llegar rápido a casa. Solo pienso en desnudarte de nuevo, pero esta vez en nuestra cama y sin nada que nos interrumpa —dijo, como una promesa que hizo que Emma volviera a sentir aquel cosquilleo en su centro.

​Mientras ellos se sumergían en su burbuja de amor y posesión, en el hospital la atmósfera era radicalmente distinta. Noah estaba sentado en una de las sillas de la sala de espera, con el pie moviéndose a una velocidad nerviosa, golpeando rítmicamente el suelo. Habían pasado varios días desde el accidente y no se había querido despegar de esa maldita área. Desde lejos, un par de enfermeras jóvenes lo observaban con ojos embelesados, murmurando entre susurros sobre la supuesta devoción del hombre.

​—Debe amar mucho a su esposa. No se ha alejado de aquí ni un solo momento en todos estos días. Es un hombre increíble —comentó una de ellas, suspirando.

​Si supieran que lo que albergaba la mente de Noah era algo mucho más oscuro y retorcido que el amor. Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo con frustración. No estaba ahí por lealtad, sino por pánico. Altagracia se acercó a él con pasos suaves, entregándole un café humeante. La mujer tenía los ojos hinchados; ella sí estaba genuinamente preocupada por Mariana, y de alguna forma se sentía profundamente agradecida de ver a Noah tan "comprometido".

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