A diferencia de Noah, que siempre se había esforzado por proyectar la imagen del heredero perfecto, aquel hombre impecable que no cometía errores y que se movía con una rectitud envidiable ante la sociedad, Benedict Campbell era la antítesis de la moralidad convencional. Era un hombre frío, oscuro y pragmático, a quien le importaba una m****a quedar como un buen ciudadano ante los ojos de los demás. Benedict sabía que no era un santo y no tenía la menor intención de pretender serlo. Desde que asumió el puesto como director general en Industrias Campbell hace varios años, entendió que para mantener el imperio a flote y expandirlo a niveles obscenos, debía ser capaz de mirar hacia donde otros cerraban los ojos. La empresa era un coloso de inversiones, y en el mercado global, no había capitales más generosos que los que provenían de las sombras del bajo mundo.
¿Era una buena idea involucrar al crimen organizado en el flujo de capital privado? Probablemente no desde un punto de vista ético. ¿Era cuestionable? Completamente. Pero a Benedict le importaba poco el origen de los billetes siempre que los Campbell estuvieran protegidos y su poder fuera indiscutible. Él no operaba redes de narcotráfico ni apretaba gatillos para saldar deudas, pero aceptaba inversiones de gente que sí lo hacía, lavando fortunas a través de fondos estratégicos y adquisiciones legales. Entre esa clientela selecta que buscaba la respetabilidad de un apellido antiguo, se encontraba el Ruso. El hombre trabajaba para figuras poderosas con las que Benedict mantenía una relación de respeto mutuo; gente que respaldaba al CEO de los Campbell porque era un hombre de palabra y un genio para multiplicar el dinero ajeno sin dejar rastro de su procedencia.
Hacía tiempo que Benedict no veía al Ruso en persona, y ver su figura tatuada en medio de la pulcritud de su oficina principal le resultó, cuanto menos, inusual. Benedict caminó hacia el minibar con paso tranquilo, sin mostrar la menor señal de intimidación ante la presencia del mercenario.
—¿A qué debo el honor de tu visita, Ruso? —preguntó Benedict, sirviendo un whisky de malta en un vaso de cristal tallado.
Le extendió la bebida al hombre, quien la tomó con un gesto seco, y luego Benedict rodeó su escritorio para sentarse cómodamente en su silla de cuero. Se recostó, entrelazando los dedos sobre su regazo, esperando que el otro hablara. El silencio en el despacho era absoluto, interrumpido solo por el lejano murmullo de la ciudad tras los ventanales blindados.
—Tú sabes que uno de mis tantos negocios es desaparecer gente —soltó el Ruso, después de dar un trago largo—. Eso me permite darme una vida similar a la que tú tienes, aunque claro, sin la necesidad de estar encerrado en una empresa todo el día.
El Ruso sonrió, una expresión cargada de una ironía que Benedict no pasó por alto. El CEO arqueó una ceja, manteniendo la calma. En su mente, asumió que el hombre buscaba algún tipo de asesoramiento para ocultar sus ganancias más recientes o diversificar sus activos.
—¿Y qué buscas? ¿Quieres invertir tu dinero en alguna de nuestras nuevas carteras de fondos? —cuestionó Benedict, pensando que el negocio se limitaba a lo de siempre.
El Ruso negó con la cabeza, dejando el vaso vacío sobre el escritorio con un golpe seco. Su mirada se volvió más intensa, más afilada, perdiendo ese rastro de falsa cortesía.
—Si estoy aquí es porque alguien me dio una jugosa cantidad por desaparecer a un millonario —explicó el Ruso, inclinándose un poco hacia adelante.
Benedict se acomodó en su silla, sintiendo cómo la tensión empezaba a cristalizarse en el aire. No era un hombre lento de mente; comprendía las reglas del juego mejor que nadie.
—Ese millonario soy yo —asumió Benedict de inmediato, con una frialdad que no revelaba ni un ápice de miedo.
La sonrisa del Ruso se agrandó, mostrando los dientes en un gesto casi animal. Disfrutaba de la inteligencia rápida de Benedict, de esa falta de drama ante la amenaza de muerte.
—En efecto, alguien me pagó para deshacerme de ti y limpiar el camino —confirmó el Ruso, bajando la voz—. Y ese alguien es tu propio sobrino, Noah Campbell.
Benedict elevó una ceja, manteniendo el rostro serio. No era incredulidad lo que sentía, aunque no podía negar que escuchar aquello de labios del Ruso le había provocado una punzada de sorpresa. Hubo un tiempo, lejano y casi borroso, en que Noah y él se llevaron bien, pero aquello fue antes de que la ambición pudriera la sangre de su sobrino. Todo empeoró cuando Noah entró en la empresa familiar y decidió convertir cada decisión, cada contrato y cada saludo en una competencia personal. Con los años, la convivencia se tornó tensa, luego asfixiante, hasta convertirse en el campo de batalla silencioso que era hoy. Sin embargo, saber que el desprecio de Noah había escalado hasta el punto de pagar una fortuna por verlo muerto era una revelación que le revolvió las entrañas. Se preguntó qué clase de alimaña compartía su apellido.
El Ruso asintió, mostrando un respeto genuino por la frialdad con la que el millonario manejaba la situación. Se puso de pie, ajustándose la chaqueta, pero antes de salir se detuvo y miró a Benedict con un brillo travieso en los ojos, algo que solo un hombre que no le teme a nada se atrevería a mostrar.
—Quién sabe, quizá terminamos siendo familia algún día. Me gusta tu suegra, tiene una chispa que no se encuentra en cualquier parte —soltó el hombre con una carcajada.
Benedict supo en ese instante que el Ruso había investigado a fondo a su familia, lo cual no le molestaba realmente; sabía que en ese mundo la información era la moneda de cambio. Siempre que se mantuviera lejos de Emma, el Ruso podía hacer lo que quisiera. Después llegó a su mente la noche en que vio como Angélica salía de la casa pretendiendo no ser vista y de inmediato notó que se había ido con el ruso.
La idea de que mantuviera entretenida a la madre de Emma le resultó extrañamente útil; serviría para que la mujer se mantuviera al margen de sus asuntos personales. Aunque, en realidad, la presencia de ella y de Catalina en su casa no le estorbaba; si a Emma la hacían feliz con su compañía, él estaba dispuesto a tenerlas cerca para siempre.
—A lo mejor —respondió Benedict con una sonrisa de lado, casi imperceptible—. Quizá sí terminemos emparentados.
—Si cambias de opinión sobre lo de tu sobrino, ya sabes dónde encontrarme. No dejes que se crea más listo de lo que es —concluyó el Ruso mientras caminaba hacia la salida.
Benedict lo vio marcharse y, una vez que la puerta se cerró, se quedó solo en el silencio absoluto de su oficina. El aire parecía vibrar con la rabia que ahora buscaba una salida. Noah había cruzado una línea que no tenía retorno, y aunque no fuera a matarlo esa misma tarde, se encargaría de que cada paso que su sobrino diera a partir de ahora fuera un camino directo hacia su propia ruina.

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