Noah aprovechó el cambio de turno de las enfermeras para deslizarse en la habitación de la UCI con la agilidad de una sombra. El pitido rítmico de los monitores era el único sonido que llenaba el espacio aséptico, anunciando que la vida de Mariana pendía de un hilo. Cuando se acercó a la cama, vio que ella tenía los ojos abiertos, fijos en el techo blanco con una expresión de extravío. Pero en cuanto Mariana sintió la presencia de alguien a su lado y giró la cabeza para verlo, el monitor cardíaco estalló en un pitido frenético. Su frecuencia aumentó de golpe, reflejando el terror que le recorría el cuerpo al ver al hombre que la había lanzado al vacío. Intentó incorporarse, pero sus extremidades no respondían; lo único que logró fue que su mano derecha temblara violentamente sobre la sábana, tratando de alejarse de él.
Abrió la boca con desesperación, sus labios se movían buscando formar un grito, una acusación, cualquier cosa que alertara al mundo de que su verdugo estaba ahí mismo, tocándola. Pero de su garganta solo salieron sonidos rasposos, un aire seco y quebrado que no llegaba a ser voz. Sus ojos, inyectados en sangre por el esfuerzo y el trauma, se clavaron en los de Noah con una rabia tan cruda que él sintió un escalofrío. Noah se inclinó sobre ella, fingiendo una caricia suave en su frente para que cualquiera que mirara por el cristal viera a un esposo devoto, pero sus dedos apretaron con una firmeza sutil. Bajó el rostro hasta quedar a milímetros de su oído, dejando que su aliento frío rozara la piel de Mariana.
—Debes estar tranquila, querida. Todos están muy felices de que hayas despertado, especialmente yo. Tienes que descansar y no esforzarte en hablar; los médicos dicen que tus cuerdas vocales están muy mal. No querrías empeorar las cosas, ¿verdad? —susurró Noah con una voz amenazante que solo ella podía entender.
Mariana cerró los ojos con fuerza, dejando que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas mientras su cuerpo seguía vibrando por la impotencia. Noah se enderezó, limpió con su pulgar una de las lágrimas de ella y salió de la habitación justo cuando una enfermera entraba corriendo para revisar por qué el ritmo cardíaco de la paciente se había disparado. Él puso su mejor cara de angustia, fingiendo que el verla despertar lo había conmovido hasta el punto del colapso, mientras por dentro calculaba cuánto tiempo le quedaba antes de que ella recuperara la capacidad de señalarlo.
Mientras tanto, en la mansión de Benedict, la atmósfera era radicalmente distinta. Emma había planeado una pequeña cena familiar, usando como pretexto que necesitaba ayuda con algunos detalles finales de la habitación de la bebé. Había insistido a Robert que fuera a la casa, sabiendo que Catalina también estaría ahí. Emma quería que su abuela tuviera un momento de paz con un hombre que, a pesar de su apellido, siempre se había mostrado respetuoso. Cuando Robert llegó, se encontró a Catalina en el invernadero de la propiedad, rodeada de plantas que ella misma había empezado a cuidar para ayudar a Emma con el estrés. Robert se detuvo en la entrada, observando la serenidad con la que la mujer movía la tierra; era una paz que él no conocía, una sencillez que contrastaba con las intrigas de su propio imperio.
—Emma dice que no sabe qué flores elegir para el balcón. Supongo que por eso te tiene aquí trabajando —dijo Robert, acercándose con una lentitud que buscaba no romper el encanto del momento.
Catalina se giró y le sonrió con esa calidez genuina que siempre quebraba la armadura de Robert. Se limpió las manos en su delantal y le ofreció un asiento en un pequeño banco de hierro forjado. Robert, que siempre había sido un hombre de protocolos rígidos y distancias calculadas, se sentó a su lado sin rechistar. Catalina notó el agotamiento profundo en sus ojos, esa fatiga que no venía del trabajo, sino de la decepción que le causaba su propia sangre. Sin preguntar, le sirvió un poco de té que tenía en una mesita cercana y se lo entregó, dejando que sus dedos rozaran los de él por un segundo. Robert no retiró la mano; al contrario, disfrutó de esa caricia suave que le brindaba una comodidad que no encontraba en su mansión vacía.
—A veces el mundo de los negocios nos hace olvidar que las cosas más importantes no tienen un precio, Robert —comentó Catalina con suavidad, mirándolo a los ojos—. Emma está feliz aquí. Benedict la cuida como a un tesoro, y eso es lo único que debería importarnos ahora.
—Me siento viejo, Catalina. Cansado de las mentiras y de ver cómo mi familia se cae a pedazos por la ambición. Emma es el único rayo de luz en todo este desastre, y verte aquí, con ella... me hace pensar que quizá todavía hay esperanza de algo bueno —confesó Robert, dejando caer por un momento esa armadura por primera vez en años.
Benedict le levantó el mentón con un dedo, obligándola a mirarlo, y vio la vulnerabilidad en sus ojos brillantes. Su instinto protector se disparó; no había forma de que la dejara atrás, expuesta a las artimañas de su sobrino.
—No te vas a quedar aquí, Emma. No pienso dejarte ni un maldito segundo donde Noah pueda respirar cerca de ti. Prepara tus maletas, te vienes conmigo a Europa —sentenció Benedict.
Emma se aferró a su cuello, ocultando el rostro en su hombro mientras soltaba un suspiro de alivio que le recorrió todo el cuerpo. Estar con él en un entorno diferente, lejos de la tensión del hospital y de la sombra de Mariana, era exactamente lo que necesitaba. Benedict la apretó contra su pecho, disfrutando de la sensación de su vientre contra el suyo, reafirmando su promesa silenciosa de que nada ni nadie volvería a separarlos, sin importar cuánta sangre tuviera que correr en el proceso.
Al final del día, Robert observaba desde la ventana de su propia mansión cómo Noah llegaba. Vio a su nieto bajar del auto y limpiarse el sudor de la frente con un gesto de nerviosismo, mirando hacia todos lados como si alguien lo estuviera siguiendo. Robert empezó a unir los puntos en su mente: la reacción de pánico de Mariana al despertar, la ansiedad desmedida de Noah. Era demasiado extraño, por su mente pasó la idea de que ese accidente en realidad no lo fuera.

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