—¿Crees que tu padre acepte que mi abuela se quede en su casa mientras no estamos? —preguntó Emma con una mezcla de duda y esperanza mientras observaba a Benedict quitarse la chaqueta. Había pensado en que Robert se quedará ahí, pero lo descartó, pues Robert no dejaría sola a Altagracia teniendo en cuenta que Noah pasaba la mayor parte del tiempo en el hospital.
Faltaba apenas una hora para que tuvieran que partir hacia el aeropuerto, y el ajetreo de las maletas ya había terminado. Benedict se detuvo un segundo, dejando la prenda sobre el respaldo de una silla, y la miró con esa intensidad que siempre le erizaba la piel.
—¿Quieres que se quede con mi padre en nuestra ausencia? —preguntó él, comenzando a retirarse la corbata con movimientos lentos y precisos, para después desabrochar cada botón de su camisa blanca.
Emma se acercó a él, acortando la distancia con suavidad. Sin que él tuviera que pedírselo, comenzó a ayudarlo a desvestirse, deslizando sus dedos por la tela fina. Sus movimientos eran cuidadosos, tratando de ocultar el leve temblor de sus manos ante la cercanía de ese torso firme que tanto conocía.
—Me sentiría mucho más tranquila si hay alguien haciéndole compañía. Mi mamá tiene asuntos que arreglar y probablemente estará fuera la mayor parte del día, y mi abuela jamás ha pasado tanto tiempo sola. Me gustaría que se hicieran compañía mutua —explicó Emma, levantando la vista para encontrarse con los ojos grises de su marido.
Benedict sintió el roce de la mano de Emma contra su piel desnuda conforme la camisa se abría, y ese simple contacto cálido comenzó a encenderlo sin que ella se diera cuenta del todo. Su cuerpo reaccionaba a ella de una manera casi instintiva y agitada que no podía controlar y que, de hecho, ya no quería evitar. Su voz salió más ronca de lo habitual cuando respondió, atrapando una de las manos de Emma contra su pecho.
—No tendrá ningún problema con eso. Estoy seguro de que mi padre también se sentirá mejor estando acompañado. Aunque Altagracia está en esa casa, mi padre parece llevarse excepcionalmente bien con tu abuela. De camino al aeropuerto pasaremos a dejarla a la mansión —sentenció Benedict, viendo cómo los ojos de Emma brillaban con una alegría inmediata.
Era demasiado sencillo hacerla sonreír, y Benedict no terminaba de comprender qué es lo que ella le había hecho para que actuara de esa manera tan complaciente. Él, un hombre que no solía ceder ante nadie, se encontraba cumpliendo el menor de sus caprichos con tal de ver ese brillo en su mirada. Tiró de su cintura, pegándola a él para darle un beso exigente, cargado de posesividad antes de que ella tuviera que separarse por la falta de oxígeno. Benedict la soltó con una sonrisa ladeada, sabiendo que ya tenía que ducharse si querían llegar a tiempo al jet privado.
Catalina, por su parte, no estaba muy convencida cuando Emma abordó el tema. La mujer no quería ser una molestia y tampoco creía que fuera correcto que ellos compartieran más tiempo juntos, pero la insistencia de Benedict fue casi una orden directa, expresada con una autoridad que ella no pudo rechazar, a ojos del resto, no tenía un verdadero motivo para negarse. Al final, Catalina terminó haciendo una pequeña maleta y subiendo al auto, dirigiéndose a la imponente mansión de Robert Campbell. Cuando la dejaron ahí y Benedict y Emma retomaron el camino hacia su avión, la tensión en la casa de Robert no tardó en aparecer.
—Si al señor Campbell no le importa mi estancia aquí, no veo cuál es el problema. Al final, somos familia a través de Emma y Benedict. Quizá usted debería ocuparse más de cómo está Mariana en el hospital en lugar de preocuparse por mi soledad, además también está hospedado en casa ajena —respondió Catalina con una calma que hizo que Altagracia torciera la boca.
Aquello había sido un golpe bajo y certero. Catalina notó cómo la mujer perdía los estribos internamente, aunque trataba de disimularlo. Veía perfectamente las atenciones excesivas que Altagracia le dedicaba a Robert y comprendió que su presencia allí arruinaba los planes de seducción de la otra mujer, algo que en el fondo le complacía. Altagracia, furiosa por no poder estar a solas con Robert para continuar con su estrategia de acercamiento, tomó su bolso con brusquedad.
—Tengo que ir al hospital, Noah me espera —dijo Altagracia antes de salir de la cocina a paso rápido, destilando rabia.
Robert la vio salir de la casa sin decir mucho, mientras Catalina regresaba al salón con el café. Altagracia fue hacia el hospital, hirviendo de coraje. La llegada de esa mujer inoportuna arruinaba sus momentos de intimidad con Robert, esos donde ella pretendía ser el consuelo del viejo millonario. Al llegar al hospital, encontró a Noah en la sala de espera, sumido en su propia paranoia, y se acercó a él con el rostro endurecido, compartiendo esa oscuridad que solo los que tienen algo que ocultar pueden entender.

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