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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 110

Habían pasado varias horas desde que Emma y Benedict salieron de la mansión con su madre, cuando Angélica recibió la caja rectangular que ahora descansaba sobre la cama. Estaba atada con un listón de terciopelo negro que se demoró en deslizar, sintiendo una mezcla de aprensión y una curiosidad que le quemaba las yemas de los dedos. Había recibido un nuevo texto del Ruso minutos antes, una frase corta y directa que no dejaba espacio a la imaginación:

"Hoy usa esto". Angélica suspiró largo, dejando que el aire saliera de sus pulmones mientras una risa nerviosa se le escapaba. Se sentía tonta, aquel hombre la había hecho retroceder décadas, justo a esos días de juventud en los que escapaba de su propia madre para que no notara que ya no era virgen. Durante los últimos días, había hecho justo eso; huido de la mirada inquisidora de Catalina con esa misma culpa, porque sabía que su madre la conocía perfecto y se daría cuenta, solo con verle el brillo en los ojos o la forma de caminar, de que había tenido sexo. Ella misma era madre y sabía que las madres simplemente percibían esa clase de cosas en el aire.

​Golpeteó la mesa con un ruido incesante de sus dedos, el ritmo de su ansiedad marcando el compás del silencio en la habitación, antes de armarse de valor y revelar lo que ocultaba el cartón elegante. Al tirar del lazo negro y levantar la tapa, sus ojos se abrieron con sorpresa.

​—Mierda —susurró al observar el conjunto provocativo.

​Era un corset de encaje negro, diseñado para moldear la figura con una agresividad elegante, acompañado de unas bragas pequeñas a juego que apenas cubrían lo necesario. Pero lo que realmente la dejó sin aliento fue lo que descansaba en el fondo: un látigo de cuero negro, pequeño pero de aspecto letal.

​—Maldito Ruso —expresó en voz baja, aunque sin notarlo ya estaba mordiendo su labio inferior.

​Sintió un cosquilleo familiar recorrerle el coño, un palpitar eléctrico que la hizo apretar las piernas con fuerza.

«Eres una sucia, Angélica» se recriminó mentalmente, pero dio igual. Tenía un trato y ella era una mujer que siempre cumplía su palabra, especialmente cuando el pago resultaba ser tan satisfactorio.

Se puso el conjunto, ajustando las cintas del corset hasta que sus pechos se elevaron de forma tentadora, y sobre el conjunto se colocó un vestido que parecía más un camisón de seda, lo suficientemente discreto para salir de casa pero lo bastante ligero para ser retirado en segundos. Aunque ya no tenía las curvas de una jovencita, su cuerpo era bello, con las proporciones adecuadas de una mujer madura y un porte elegante que no le pedía nada a una veinteañera. Pensó en lo absurdo de la situación: mientras su hija follaba con un hombre que bien podría ser su padre, ella lo hacía con uno que podría ser su hermano... ¿menor?

—Colágeno puro —se dijo con cinismo; justo lo que le hacía falta para sentirse viva de nuevo.

​Afuera la esperaba el chofer enviado por el Ruso, un hombre de rostro inexpresivo que no hizo preguntas. En menos de veinte minutos, Angélica ya estaba subiendo por el ascensor privado hasta el penthouse que empezaba a conocer demasiado bien. Al entrar con la tarjeta que le entregaron en el vestíbulo, encontró al Ruso de espaldas, frente al gran ventanal que dominaba la ciudad, inmerso en una llamada que parecía importante por la rigidez de sus hombros. Ella trató de mostrarse natural, aunque por dentro sus rodillas temblaban. No era miedo; era ese temblor específico que aparece cuando sabes que estás haciendo algo que está mal, algo peligroso, y aun así tu cuerpo grita por hacerlo.

​El Ruso la vio entrar por el reflejo del vidrio, pero permaneció en la llamada, hablando en un idioma que ella no comprendía pero que sonaba autoritario. Angélica dejó la caja que contenía el látigo en una silla cercana; no pensaba cargar con eso delante del chofer ni de los empleados del edificio. Cuando el hombre finalmente colgó, el silencio que quedó en la estancia se volvió denso. Se acercó a ella con una lentitud calculada, sus botas resonando contra el suelo de madera hasta que estuvo lo suficientemente cerca para que ella pudiera oler su perfume mezclado con el aroma del tabaco. Le tomó el rostro con una mano, elevando su barbilla para obligarla a mirarlo a los ojos.

​Ella tenía demasiada experiencia para creer en halagos baratos. No era la chica a la que le brillaban los ojos con un comentario bonito; ¿Quería que sus ojos brillarán? Joder, que le diera dinero o le pagara las cuentas.

El Ruso se alejó un momento para traer dos cervezas, un gesto mucho más casual que la primera vez que se vieron. Ya habían pasado la etapa de las bebidas fuertes para romper el hielo; ahora ya se conocían, ya se habían complementado en la cama y ambos sabían exactamente porque estaban ahí esa noche. Le entregó la botella fría y la recorrió con la mirada, deteniéndose en el látigo que asomaba de la caja en la silla.

​—Me gustan las mujeres dominantes y tú tienes cara de ser muy mandona. Quiero verte usar ese látigo más tarde —siseó antes de atrapar sus labios en un beso intenso, hundiendo su lengua en su boca hasta que la hizo jadear.

​Cuando finalmente se separaron, él la sujetó por la cintura, pegándola a su erección que ya se notaba bajo el pantalón.

​—Pero primero... quiero ver qué tan buena eres con la boca —soltó el Ruso, guiándola hacia el sofá mientras su mirada oscura le prometía que esa noche no habría descanso para ninguno de los dos.

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