Durante el brindis, Noah se veía más feliz que nunca. Se puso de pie con una copa en la mano, tomando a Mariana por la cintura con una delicadeza que Emma reconoció de inmediato, pero que esta vez iba acompañada de un orgullo que a ella jamás le dedicó. Noah comenzó a hablar y su voz resonó en el salón con una devoción absoluta.
—Mariana es sin duda lo mejor que me ha pasado en la vida, su inteligencia y su clase son el pilar que tanto necesitaba para ser un hombre completo.
Cada palabra era un golpe directo al pecho de Emma. Noah la miraba a ella de reojo, asegurándose de que viera cómo se desvivía por su ahora esposa, informándole con gestos sutiles que casarse con la pelirroja era la decisión más inteligente y satisfactoria de su vida. Mariana se mostraba amorosa, apoyando la cabeza en su hombro mientras le dedicaba miradas cargadas de un cariño que parecía real. Emma sintió que el mundo se le caía encima; escucharlo hablar así de otra mujer, con esa entrega pública que ella tanto anheló y que él siempre le negó bajo la excusa de la discreción, la estaba haciendo pedazos por dentro.
Benedict, que no había dejado de observar la escena con una frialdad analítica, decidió que era momento de romper el encanto y opacar a los recién casados. Levantó su copa con una elegancia que atrajo todos los ojos y propuso un brindis.
—De verdad hacen una hermosa pareja —espetó fuerte y claro—. Ojalá mi prometida y yo nos veamos tan felices en nuestra boda.
Aquella bomba de su compromiso fue lanzada ante todos los invitados que aún no se habían enterado de la nueva noticia.
Pronto comenzaron a resonar los murmullos en el salón y las miradas abandonaron a la aparente feliz pareja para fijarse en Emma.
Mariana apretó los puños contra la tela de su costoso vestido, disimulando su molestia con una sonrisa tensa, mientras Noah lo miraba con unas ganas evidentes de matarlo. El protagonismo de la noche se había desplazado de los esposos hacia la nueva y misteriosa pareja.
Poco después, unos socios importantes llamaron a Benedict. Él no soltó a Emma de inmediato; primero se encargó de presentarla con cada persona que se acercaba, alardeando de su compromiso con una seguridad que a Emma le causaba resquemor. A Benedict no le importaba lo que dijeran, y lo demostraba exhibiéndola como su posesión más valiosa. Cuando finalmente tuvo que alejarse para atender los negocios que, ni siquiera en una celebración parecían dar tregua. Noah no perdió el tiempo. Emma se refugió en la terraza más alejada buscando un poco de aire fresco para calmar sus nervios y las náuseas que volvían a aparecer, pero fue acorralada de inmediato.
—¿Qué haces aquí, Emma? —preguntó Noah, apareciendo desde las sombras con el rostro desfigurado por la rabia.
—¿Viniste hasta aquí para felicitarme por mi futura boda? —respondió ella, ignorando su pregunta y tratando de mantener la voz firme—. Te felicitaría por la tuya, pero no soy tan hipócrita.
Emma intentó alejarse, pero Noah le tiró del brazo con una fuerza que la hizo jadear. El agarre le dolía, pero el odio en los ojos de él dolía más.
—¡Te pregunté qué carajos haces aquí! —exigió Noah, más enojado que nunca—. ¿Desde cuándo te estás revolcando con mi tío? Eres una puta, Emma. Seguramente estuviste con los dos al mismo tiempo, como una arribista de m****a. ¿Acaso le dijiste que mi verga estuvo dentro de ti todas estas noches?
Emma no lo dejó terminar. Le soltó una fuerte cachetada que resonó en el aire nocturno, dejando la marca de sus dedos en la mejilla de Noah.
—¡Suéltame! —le gritó con la rabia quemándole la garganta—. Tú no tienes nada que decir cuando te estuviste revolcando conmigo al mismo tiempo que con ella. Eres un asco —refutó mientras sus ojos se nublaban por el enojo.

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