Habían ido hasta el sofá, pero Angélica decidió que le daría al hombre toda la experiencia, le mostraría que ella no le tenía miedo a una mamada, y por supuesto conoceria lo que era bueno. Angélica se dejó caer de rodillas sobre la alfombra de felpa, manteniendo la barbilla en alto. Sus dedos, adornados con una manicura perfecta, comenzaron a desabrochar el pantalón del Ruso con una destreza que no dejaba lugar a dudas sobre su experiencia. No apartó la mirada de sus ojos oscuros, sosteniendo un duelo silencioso de voluntades mientras la cremallera bajaba con un siseo metálico. En cuanto liberó la tela, su erección saltó ante su rostro, gruesa y marcada por venas que latían con el bombeo de su sangre. El Ruso, con un movimiento instintivo, le dio un pequeño golpe con ella en la mejilla, un gesto de dominio que hizo que los ojos de Angélica se encendieran con una lujuria renovada. Hacía mucho tiempo que no tenía un pene en su boca, pero lo que bien se aprendía jamás se olvidaba; ella era una maestra en las artes del placer y pensaba recordárselo. Esta vez usando su boca.
Sujetó la base con firmeza y llevó el glande a su boca, rodeándolo con sus labios calientes mientras su lengua trazaba círculos lentos. El Ruso soltó un suspiro ronco, hundiendo los dedos en el cabello de Angélica para guiar el ritmo. Ella no se limitó a una succión suave; comenzó a descender con decisión, permitiendo que él se hundiera en su garganta mientras sus ojos se mantenían fijos en él, disfrutando de ver cómo la compostura del mercenario se desmoronaba. Él comenzó a embestir su boca con una fuerza bruta, sujetándola de la cabeza con una fuerza que la hacía vibrar. Angélica aceptaba cada centímetro, gustosa del sabor y del poder que sentía al tenerlo así, bajo su control y a la vez entregada a su deseo.
El Ruso comenzó a soltar palabras sucias en su idioma, una mezcla de insultos y halagos que ella no entendía pero que le encendían la sangre por el tono ronco y jadeante que usaba. Sentía la tensión acumulada en el cuerpo del hombre hasta que, con una sacudida violenta, él se vino en su boca. Angélica no se apartó ni cerró los ojos; lo bebió todo, dejando que él viera cómo tragaba su semen en un acto que resultó ser la vista más afrodisíaca para el Ruso. Para ella, aquello no era solo una cuota que pagar; era un reencuentro con su propia naturaleza sexual, una que había tenido dormida durante demasiado tiempo bajo la fachada de la madre abnegada. Se limpió la comisura con el pulgar, mirándolo con un desafío que decía que apenas estaban empezando.
Él la puso de pie con un tirón y la llevó a la cama, lanzándola sobre las sábanas de seda negra. Sin mediar palabra, la obligó a ponerse en cuatro, exponiendo su trasero redondeado que resaltaba bajo la lencería. El Ruso tomó el látigo de cuero y, con un movimiento preciso, golpeó sus nalgas. El chasquido resonó en la habitación seguido de un gemido de Angélica que no era de dolor, sino de una excitación desbocada. Su piel comenzó a enrojecerse bajo los impactos rítmicos, mientras sus pechos se apretaban bajo la estructura del corset, asomando por el encaje. El Ruso dejó el látigo a un lado y hundió sus dedos largos en su centro, moviéndolos con una agilidad que la hizo arquear la espalda. De pronto, esa forma de pagar por la desaparición de Noah le parecía un jodido premio; disfrutaba de cada caricia ruda, de cada palabra al oído, hasta que la hizo correrse con un grito que se perdió en las almohadas.
—Quiero ver lo dominante que puedes ser, Angélica. Muéstrame a esa puta mandona que llevas dentro —le susurró él, soltándola para darle espacio.
Angélica se dio la vuelta, jadeante y con el cabello revuelto. Vio una cuerda de seda que colgaba de uno de los postes de la cama y, sin dudarlo, le ordenó que se diera la vuelta. Le ató las manos a la espalda con un nudo firme, sintiendo la resistencia de sus músculos bajo su tacto. Lo obligó a arrodillarse frente a ella y le ordenó que le diera sexo oral usando solo la boca, prohibiéndole usar las manos para tocarla. Mientras él se hundía entre sus piernas, Angélica tomó el látigo y comenzó a darle pequeños golpes en los brazos y en los costados, disfrutando de cómo el cuerpo del Ruso se ponía cada vez más duro ante el castigo y también un tanto rojo por la fuerza que estaba implementando.
Jamás creyó que le resultaría sexy ver a un hombre siendo dominado y es que en realidad no lo parecía. Porque el maldito lo estaba disfrutando.
—No pares... no te detengas hasta que yo lo diga —ordenó ella con una voz cargada de autoridad, haciendo una pequeña pausa y usando el látigo para elevar la barbilla del hombre antes de empujarlo de nuevo con la mano hacia su centro.
No se había equivocado; Angélica disfrutaba del mando. El sexo era rudo, cargado de una rabia emocional que ambos compartían contra el mundo. El Ruso sentía una fascinación creciente por ella; no era solo el cuerpo, era esa chispa de fuego que ella no tenía miedo de mostrar. Sentía cada golpe del látigo como una descarga de adrenalina que lo incitaba a lamerla con más desesperación, a devorarla como si su vida dependiera de ello. Angélica lo sujetaba del cabello mientras su cuerpo se sacudía por los orgasmos que él le provocaba, sintiéndose más poderosa y más viva que nunca en ese intercambio de sombras y placer.

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