Tras aquel primer encuentro de voluntades en la cama, la habitación se convirtió en un campo de batalla donde el placer se reclamaba con gemidos y duras embestidas. Angélica se deshizo de la última pizca de decoro que le quedaba, entregándose a la sensualidad cruda de aquel hombre que olía a peligro y a poder. Se deleitó recorriendo con sus manos cada tatuaje que adornaba la piel del Ruso, sintiendo el relieve de la tinta bajo sus yemas mientras él la reclamaba con una urgencia que le devolvía la juventud. No había delicadeza en sus movimientos, solo una necesidad voraz de poseerse mutuamente en medio de ese lujo silencioso.
Pasaron de la cama a los muebles, explorando posiciones que desafiaban la rigidez de sus propios cuerpos. Él la tomó de pie contra el ventanal, con la ciudad de fondo como testigo mudo, obligándola a observar su propio reflejo mientras la embestía con un ritmo implacable. Angélica enterraba las uñas en sus hombros, echando la cabeza hacia atrás y dejando que sus gritos empañaran el cristal. Disfrutaba de la fuerza de sus brazos sosteniéndola, de la sensación de ser completamente dominada por un hombre que no conocía la piedad, pero que sabía exactamente dónde tocar para hacerla perder el sentido.
Sin embargo, el juego cambió cuando ella decidió que era su turno de llevar las riendas. Angélica lo empujó hacia atrás, obligándolo a sentarse en un sillón de cuero mientras ella se colocaba sobre él, dictando la profundidad y la velocidad de cada movimiento. Lo miraba desde arriba con una superioridad que le resultaba embriagadora; le gustaba ver cómo él apretaba los dientes, tratando de contenerse mientras ella jugaba con el control. El Ruso disfrutaba de esa faceta mandona, dejando que ella le ordenara qué hacer, cómo besarla y dónde tocar, fascinado por la transformación de esa mujer elegante en una criatura insaciable que no aceptaba un no por respuesta.
La noche se consumió entre el sudor y el aroma del sexo rudo. Se buscaron en todas las formas posibles: él sobre ella, reclamándola como un territorio conquistado; ella de espaldas, sintiendo el látigo rozar su piel antes de que él la penetrara con fuerza; y finalmente, fundidos en un abrazo de extremidades donde no se sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro. Angélica se sintió plena, satisfecha de una manera que los años de soledad le habían hecho olvidar. No era solo el alivio físico, era la adrenalina de saber que estaba pagando aquel trabajo con el tipo de moneda que más le gustaba gastar. El Ruso, por su parte, encontró en ella una horma para su zapato, una mujer que no se quebraba ante su oscuridad, sino que la alimentaba con la suya propia. Al final, ambos quedaron exhaustos, conscientes de que aquel acuerdo era mucho más adictivo de lo que ninguno de los dos se atrevía a admitir.
...
El aterrizaje en Zúrich fue impecable, propio de un hombre que no aceptaba menos que la perfección. Emma y Benedict se instalaron en una suite de un hotel que parecía suspendido sobre las nubes, con ventanales que ofrecían una vista impresionante de los Alpes y el lago. Emma se quedó unos minutos admirando el paisaje, sintiendo cómo el aire frío de Suiza contrastaba con la calidez del interior. Después, ambos compartieron una ducha rápida; el vapor empañaba los cristales mientras Benedict pasaba el jabón por la espalda de ella con una atención silenciosa, antes de vestirse para la cena con los socios internacionales. Un auto de lujo los esperaba en la entrada para llevarlos a uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad, un sitio donde el estatus se medía por la discreción y el precio de las botellas sobre las mesas.
Al entrar, fueron recibidos por una mujer de unos treinta y cinco años que parecía haber sido esculpida en hielo y seda. Se llamaba Marlena. Llevaba un vestido de noche color esmeralda que se ceñía a su cuerpo atlético y curvilíneo como una segunda piel, dejando al descubierto unos hombros perfectamente bronceados. Su cabello castaño caía en ondas impecables y sus ojos brillaban con una familiaridad que a Emma le sentó como una bofetada. Marlena se acercó a ellos con una sonrisa radiante, ignorando casi por completo la presencia de Emma para centrarse en Benedict.
—Benedict, qué placer volver a verte. Sabía que vendrías, pero no esperaba que fuera tan pronto —dijo Marlena, extendiendo una mano para tocarle el brazo con una confianza excesiva.
Benedict no se tensó, pero su respuesta fue inmediata. Colocó su mano con firmeza en la espalda baja de Emma, atrayéndola hacia su costado en un gesto de posesión absoluta.
—Marlena. Te presento a Emma, mi mujer —presentó Benedict con voz profunda.
Marlena apretó los labios, perdiendo la sonrisa por una fracción de segundo. Sus ojos bajaron de inmediato al anillo de diamantes que brillaba en el dedo de Emma y luego, de forma casi grosera, se detuvieron en su vientre.
—No pierdas el tiempo tratando de recordarme, Marlena, porque no nos conocemos de ninguna parte. Antes de ser la esposa de Benedict, estudié Finanzas en la Universidad de Los Ángeles con una beca por excelencia académica. Hablo tres idiomas y trabajé casi un año para Industrias Campbell como asistente de gerencia, así que es probable que me hayas visto pasando documentos o gestionando las agendas que tú y otras mujeres intentaban ocupar sin éxito —respondió Emma con una educación gélida que dejó a Marlena sin palabras.
La mujer se quedó con la copa de vino a medio camino, sorprendida por la mordacidad de aquella chica que parecía tan dulce. Benedict, a su lado, sintió un orgullo salvaje, porque jamás había sido un hombre hipócrita, y Emma solo estaba respondiendo de la misma forma que Marlena se estaba expresando. Poco después, llegaron otros socios importantes y Benedict volvió a presentar a Emma de la misma forma. Estos hombres, a diferencia de Marlena, quedaron gratamente satisfechos con ella.
Emma mantuvo una conversación fluida sobre mercados emergentes y logística internacional, demostrando que su lugar en esa mesa no era solo por su cara bonita o por esa bebé que cargaba en su vientre. Benedict observaba la escena en silencio, dándose cuenta de que tenía mucho más en común con Emma de lo que había imaginado en un principio; ella podía ser la mujer más dulce del mundo en la intimidad, pero también era capaz de responder con una elegancia letal.
A mitad de la cena, Emma se disculpó para ir al baño. Marlena no tardó ni treinta segundos en seguirla. En el lujoso tocador de mármol, mientras Emma se retocaba el labial, Marlena entró y se colocó a su lado, observándola a través del espejo con un desprecio que ya no intentaba ocultar.
—Sinceramente, jamás pensé que llegaría una mujer para quedarse de verdad en la vida de Benedict Campbell —soltó, cruzándose de brazos—. No te voy a negar que yo fui una de las tantas que lo deseó y que tuvo el privilegio de estar en su cama. Sin embargo, ahora veo que el problema no era yo, sino que los estándares de Benedict han caído demasiado bajo. Es decepcionante ver que, teniendo caviar a su disposición, prefiera conformarse con un plato de lentejas —remató con una sonrisa venenosa.

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