La noche en Zúrich apenas comenzaba para Benedict y Emma, envueltos en el lujo silencioso de una suite que parecía aislarlos del resto del mundo. El aire de la habitación estaba cargado de un magnetismo animal, de esa tensión que solo ellos dos sabían alimentar hasta hacerla estallar. Emma se encontraba desnuda por completo sobre las sábanas de la enorme cama, con la piel encendida y una gota de sudor resbalando lentamente por su clavícula, descendiendo con una parsimonia tortuosa hasta perderse justo en medio de sus pechos. Benedict se quedó inmóvil un segundo, disfrutando de la vista de esa gota recorriendo la geografía de su mujer, antes de acostarse por completo a su lado. Su mano estaba fija en su propia erección, una pieza de carne gruesa y grande que latía con fuerza, reclamando su lugar. Emma tuvo que admirarlo, no es que hubiera otra opción cuando él hombre que tenía como esposo estaba perfectamente bien dotado; era una visión imponente, bella en su brutalidad, y saber que todo ese poder estaba destinado únicamente a ella le provocaba un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de los Alpes.
—Siéntate en mi cara —dijo Benedict, con una voz que era un rugido bajo y ronco.
No le dio tiempo siquiera de responder o a procesar lo que había pedido, mejor dicho, ordenado. Su mano grande y dominante se cerró sobre la cadera de Emma, tirando de ella con una fuerza que no admitía resistencia hasta que sus rodillas quedaron a cada lado de su cabeza. Benedict sonrió, justo antes de hundir la cara entre sus muslos con una voracidad que dejó a Emma sin aliento. La lamió con una determinación salvaje, usando su lengua para trazar cada pliegue, cada rincón de su feminidad que ahora, debido al embarazo, estaba mucho más sensible y congestionada. Emma arqueó la espalda, enterrando los dedos en las sábanas mientras sentía las sacudidas eléctricas recorrerle la columna. Era una sensación abrumadora; el contraste de la lengua experta de Benedict contra su centro ardiente la hacía delirar. Sobre todo cuando chupó con sensualidad, gustoso de lo mojada que ella estaba con los fluidos del primer orgasmo que tuvo en el sofa.
La ropa de ambos adornaba el suelo sin reparo, demostrando la urgencia que ambos sentían, a pesar de que lo habían hecho en la mañana.
Emma jadeó, cuando sintió que sus piernas temblaban, trató de retirarse, pero el agarre de Benedict se hizo más fuerte, mientras su lengua se hundía en los lugares más recónditos que Emma no se imaginó que él pudiera explorar con ella.
Se corrió en su boca con un grito que para él no fue más que combustible, sintiendo cómo sus músculos se contraían en espasmos violentos mientras él succionaba su clítoris con una intensidad que la hizo temblar de pies a cabeza.
Cuando ella intentó apartarse, buscando recuperar un poco de aire, la mano de Benedict la mantuvo en su sitio, impidiéndole el escape.
Emma comenzó a mecer sus caderas con un ritmo pecaminoso, acariciando sus propios pechos mientras sentía cómo Benedict la tomaba por la cadera para bajarla y subirla a su antojo. La intensidad del encuentro era tal que el aire en la habitación parecía haberse agotado. Él la puso en otra posición, girándola para tomarla por detrás, haciendo que ella apoyara las manos en el cabezal de la cama mientras él la embestía con una fuerza que hacía vibrar cada músculo de su cuerpo. Era candente, rudo y cargado de una lujuria que solo un hombre tan intenso y sexual como Benedict podía ofrecer. Emma lo adoraba; se sentía marcada, reclamada por ese hombre que la miraba como si fuera el centro de su universo oscuro.
Las emociones de ambos estaban a flor de piel, una mezcla de posesividad y entrega total. Benedict sentía que si Emma no esperara ya a una bebé, la habría dejado embarazada de nuevo en ese mismo instante; era una necesidad primitiva la de marcarla, de besar cada rincón de su piel y demostrarle que él era su dueño absoluto. El placer se volvió insoportable, una marea alta que los arrastró a ambos hacia el abismo. Benedict gruñó, apretando los dientes mientras sentía cómo se corría dentro de ella con una potencia que le sacudió los huesos. Se quedó allí, fundido con ella, mientras el silencio de Zúrich volvía a llenar la habitación, dejando solo el eco de sus respiraciones agitadas y la certeza de que estaban ligados por algo mucho más fuerte que cualquier contrato.
—Espero que no estés agotada, por qué estoy listo para la siguiente ronda...

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