Altagracia soplaba con cuidado la cuchara de caldo antes de acercarla a los labios de Mariana, quien permanecía con la mirada perdida en algún punto inexistente de la habitación del hospital. Aunque los médicos habían asegurado que la conciencia de la joven estaba regresando, Mariana se comportaba como un vegetal, atrapada en un cuerpo que se negaba a responder. No era solo la columna o los nervios comprimidos; era un mecanismo de defensa visceral. Su cerebro, al verse incapaz de procesar el horror de haber sido empujada por el hombre que se supone la amaba, había decidido apagar todas las funciones motoras. No escribía porque sus manos pesaban como si fueran de plomo, no por daño físico, sino porque su mente prefería la parálisis antes que enfrentar la realidad de señalar a Noah. El shock era un muro infranqueable. Altagracia sentía una mezcla de lástima y un profundo rencor que le quemaba las entrañas, pero no por la condición de la chica, sino por lo que estaba ocurriendo en la mansión de Robert. La llegada de Catalina había arruinado sus planes de acercarse al padre de Benedict como siempre había deseado. Robert ahora dedicaba cada minuto libre a esa mujer, dejando a Altagracia en un segundo plano que ella no estaba dispuesta a aceptar. Por eso prefería estar allí, encerrada entre paredes blancas, antes que ver a Robert sonreírle a la abuela de Emma.
—Tienes que comer, Mariana. Vas a recuperar la movilidad y vas a regresar a esa casa como la señora que eres —dijo Altagracia, aunque Mariana por dentro sabía que era una ilusión que Noah ya se había encargado de romper.
Lo único que le quedaba a Mariana era el prestigio de su apellido y esa posición social que la hacía sentir superior, pero incluso eso se estaba desmoronando. Mientras tanto, en la mansión, el ambiente era muy distinto. Robert y Catalina compartían un café en el jardín, envueltos en una atmósfera que mezclaba la nostalgia con una tensión que no habían podido resolver en décadas. Robert observaba a Catalina con una luz en los ojos que Altagracia jamás había logrado encender. El hombre se sentía vivo, renovado por la presencia de la mujer que siempre fue su gran asignatura pendiente.
—Me encanta tenerte aquí, Catalina. Gracias a tu compañía ya no me siento solo en estos pasillos tan grandes —dijo Robert, dejando la taza sobre la mesa.
Catalina arqueó una ceja, incapaz de ocultar la molestia que le provocaba recordar a la otra mujer que siempre merodeaba por ahí.
—Tenías a Altagracia para eso, Robert. No creo que te faltara compañía —respondió Catalina, con un tono que destilaba unos celos que no pudo disfrazar.
Robert soltó una pequeña risa, notando la punzada de posesividad en sus palabras.
—¿Te molesta que ella esté cerca?
Catalina suspiró, sintiéndose egoísta. Pensó en la esposa fallecida de Robert, en lo mal que se habría sentido esa mujer si pudiera verlos ahora, pero el dolor acumulado por tantos años era más fuerte que cualquier rastro de culpa. Recordó la fotografía de Robert y su esposa en el periódico hace tantos años, una imagen que le destrozó el corazón y la hundió en un pozo de amargura del que tardó mucho en salir. Y en lugar de responder de forma simple a la pregunta que le hizo, tuvo el valor por primera vez de dar voz a lo que había reprimido durante tanto tiempo.
—Lloré durante semanas cuando supe que te habías casado, Robert. No tienes idea de la forma en que mi corazón se partió al saber que tú estabas haciendo tu vida mientras yo no podía enterrar lo que sentía por ti. Te odié, debo confesar. Te odié porque tú seguías adelante y yo me quedaba atrapada en un pasado que no podía olvidar, en un amor que no podía ser. Porque era tan joven que era incapaz de comprender porque no era lo suficiente para tu familia. Luego entendí que no nos debíamos nada, que era normal que ambos rehiciéramos nuestras vidas, pero Dios, cómo dolió en ese momento. Llegué a pensar que jamás tendría una familia, aunque anhelaba con toda mi alma que un día salieras de mi corazón y pudiera verme igual de feliz que la mujer a tu lado portando ese hermoso vestido de novia.
«¿Tuvieron sexo?» pensó Emma con malicia. Su abuela parecía más viva que nunca, con un brillo en la piel que delataba algo más que una simple buena noche de sueño. Definitivamente tendría que decirle a su madre que investigara qué estaba pasando entre esos dos. Pero estaba tranquila de saber que Robert no se había infartado.
Después de hablar un poco sobre los pormenores del viaje a Suiza, Robert recuperó su semblante serio y miró a su hijo. Quien parecía no estar tan contento con tanta preocupación por parte de Emma había su padre.
—Benedict, hay un tema importante que debemos tratar, pero lo haremos con calma por la mañana. Ahora están por servir la cena y me da mucho gusto tenerlos de vuelta en casa.
Robert aún no sabía con exactitud qué había pasado entre Emma y Noah en el pasado, pero Emma compartía esa misma vibra dulce que Catalina, y él estaba dispuesto a confiar en su intuición. Ese matrimonio le sentaba de maravilla a su hijo; lo veía más centrado, más humano. Sin embargo, no podía decir lo mismo del matrimonio de su nieto. Tenía sospechas muy fuertes sobre el accidente de Mariana, sospechas que abordaría con Benedict a primera hora. Era el momento de dejar de ver a Noah como el chico que necesitaba ser protegido por el apellido familiar. Ahora era un hombre, y si él había provocado la caída de Mariana, debía asumir las consecuencias de sus actos, sin importar el escándalo que eso pudiera provocar. Robert no permitiría que la podredumbre se extendiera más en su legado. Aquella noche, la cena se sirvió bajo una tensa calma, mientras las sombras del pasado y los secretos del presente se preparaban para colisionar.

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